La Semana Ya

Sexualidad, política e Iglesia

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La sexualidad tiene dos vertientes bien conocidas, a saber: Fuente de placer y la reproducción de la especie.
La búsqueda de placer y goce tiene a su vez aristas varias, tantas como la imaginación y la fantasía den lugar. El ingreso en estos laberintos requiere de la más amplia libertad de expresión, concepción y aceptación de la vulnerabilidad de la condición humana. También de la elección que cada individuo haga de sus preferencias sexuales. Todo aquello que durante siglos fue escondido de la luz pública tiene hoy amplia divulgación. Homosexualidad, lesbianismo, transexualismo y travestismo son reflejados de manera directa y explícita en la cinematografía americana, entre otras, con diferentes visiones estéticas. A través de Internet, sin embargo, podemos acceder a los sitios pornográficos más variados donde se muestra este mundo con la mayor naturalidad.
Por otra parte, la conformación familiar tiene también distintas configuraciones a lo largo de la historia y en las culturas más dispares. Debemos preguntarnos en este punto cuál es la relación entre sexualidad y familia. Como unidad básica de la sociedad la familia, según la visión eclesiástica, debe ser constituida por un hombre y una mujer más luego los hijos la completarán. Más adelante, nuestros hijos nos convertirán primero en suegros y luego en abuelos y habrá en ella, hermanos, tías y tíos, sobrinos y primos, cuñados y cuñadas, etc. En esa evolución surgirán tíos solteros, como el de la Familia Falcón, teleteatro emitido por la televisión abierta en la década del 60’, con gran éxito. Por qué razón ese tío permanecía soltero o “solterón” como se decía en aquella época. Probablemente porque su elección sexual no fuera la aceptada y permitida por la Iglesia. Pero se la disimulaba con el argumento de que el personaje no quería formalizar una pareja porque prefería su condición de soltero y mujeriego. La incidencia de la Iglesia Católica ha sido extremadamente fuerte en estas cuestiones y ha impartido normas muy estrictas incluso en la propaganda que pasaba por el filtro de sus censores. Así, por ejemplo, una propaganda donde los protagonistas hombre y mujer se besaban, la cámara debía tomar las alianzas o la abrupta aparición de un niño para dar idea del marco “legal” de esa íntima manifestación de afecto, ternura y amor. Bien, todo ha quedado fuera de contexto o, para decirlo más apropiadamente, la familia se ha nutrido de mayores contenidos y variantes, que hoy han quedado expuestas y visibles.
La Iglesia tiene sus normas y está muy bien, pero la sociedad debe proteger a todos y legislar tanto para quienes acepten los preceptos que cada credo les imponga como para quienes tengan otras manifestaciones en cuanto a creencias o agnosticismo. No resulta lícito que la Iglesia marque la cancha fuera de su reducido ámbito. La política es donde se debe dirimir esta cuestión, prescindiendo de la opinión sesgada y cargada de preconceptos y por el interés de quienes creen ser los dueños de la “verdad”.
La ley no obliga, sólo da un marco para que quienes tomen caminos diferentes sean equiparados y tengan igualdad de derechos y obligaciones.
Lo lamentable de esta cuestión es la posición de los sectores opositores al gobierno actual. Hacen causa común con los rancios sectores eclesiásticos tergiversando todo aquello que ya funciona en nuestra sociedad y utilizan un vocabulario cargado de eufemismos porque no se atreven a llamar a las cosas por su nombre. El Matrimonio Igualitario será ley, más temprano o más tarde, y será una nueva derrota de quienes no comprendan que una sociedad más justa propende a la igualdad.

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