La Semana Ya

Santa oposición

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MIRADAS  por Damián Duarte
En los últimos días los grandes medios han ajustado su foco informativo en torno a la citación a indagatoria recibida por Mauricio Macri de parte del Juez Norberto Oyarbide, la reunión de la presidenta Cristina Fernández con Barack Obama en la cumbre nuclear, las sesiones en el Congreso (algunas fallidas) con intenciones de tratar el pliego de Marcó del Pont entre otros asuntos, el canje de la deuda o el gol doscientos veinte de Martín Palermo.
Parece ser que tal como ha pasado con el sector agrario, donde los reclamos se han reproducido por los medios cada vez con menos frecuencia, la Iglesia ha quedado un tanto relegada en la agenda mediática.
Recientemente, declaraciones del cardenal Bergoglio, donde afirmaba que los chicos «salen de la escuela y van a la esquina a comprar merca», pasaron un tanto inadvertidas. Otra vez, como desde hace varios meses, los representantes eclesiásticos arremeten solapadamente contra el gobierno en una dura crítica donde se acusa a la clase dirigente de tener como único interés «abultar la caja». Semanas atrás, el mismo representante de la cúpula episcopal, entregaba a Julio Cesar Cobos, a Ricardo Lorenzetti y a Cristina Fernández, una serie de documentos con el fin de «crear condiciones de convivencia más armónicas».
A principios del año pasado la misma institución llamaba al diálogo y criticaba a la clase política por anteponer los «intereses particulares por sobre los del bien común». No es la intención de este artículo realizar un desmesurado ataque a la Iglesia, pero sí resulta interesante tratar de dilucidar qué se esconde detrás de este nuevo rol eclesiástico por fiscalizar la Nación.
El reconocido periodista Horacio Verbitsky publica en su libro «El silencio» una profunda investigación donde se lo vincula a Bergoglio con un grupo nazi-fascista llamado Guardia de Hierro, el cual tenía estrechas relaciones con Massera. Otro caso por demás conocido es el de Von Wernich, quien luego de haber huido a Chile y posteriormente ser reubicado, fue acusado y encontrado culpable de justi-ficar actos de torturas y asesinatos durante la última dictadura militar.
Puede resultar un cliché al hablar sobre la Iglesia caer en los asuntos de abusos y violaciones, pero no sería honesto dejar de lado este tema y no mencionar cierta obsecuencia o desestimación por parte de algunos representantes episcopales a la hora de afrontar las acusaciones.
Continuando con el análisis de la participación de la institución en los procesos por los que atravesó el país, podemos recordar lo ocurrido durante la década menemista, donde la institución se vio fuertemente relacionada con el caudillo riojano, que decidió no seguir el accionar de su referente, Juan Domingo Perón, quien había establecido una fuerte división entre la Iglesia y el Gobierno. En aquellos inolvidables ‘90 la actividad eclesiástica intervino más de una vez en cuestiones políticas y gubernamentales, como por ejemplo, sobre la posición antiabortista que mantenía el país.
Para finalizar, y a modo de reflexión, es interesante destacar quién y desde qué lugar se realizan las críticas, ya que como se pudo ver, la Iglesia, siempre cercana al poder, ha sido vinculada con procesos nefastos de la historia argentina. Nunca está de más realizar una sensata aclaración y distinguir la religión como tal de la Iglesia como institución, ya que lo que hace ruido tanto en la sociedad como en la clase diri-gente es el agresivo ataque de un organismo que no parece ser del todo santo.

n los últimos días los grandes medios han ajustado su foco informativo en torno a la citación a indagatoria recibida por Mauricio Macri de parte del Juez Norberto Oyarbide, la reunión de la presidenta Cristina Fernández con Barack Obama en la cumbre nuclear, las sesiones en el Congreso (algunas fallidas) con intenciones de tratar el pliego de Marcó del Pont entre otros asuntos, el canje de la deuda o el gol doscientos veinte de Martín Palermo.     Parece ser que tal como ha pasado con el sector agrario, donde los reclamos se han reproducido por los medios cada vez con menos frecuencia, la Iglesia ha quedado un tanto relegada en la agenda mediática.     Recientemente, declaraciones del cardenal Bergoglio, donde afirmaba que los chicos «salen de la escuela y van a la esquina a comprar merca», pasaron un tanto inadvertidas. Otra vez, como desde hace varios meses, los representantes eclesiásticos arremeten solapadamente contra el gobierno en una dura crítica donde se acusa a la clase dirigente de tener como único interés «abultar la caja». Semanas atrás, el mismo representante de la cúpula episcopal, entregaba a Julio Cesar Cobos, a Ricardo Lorenzetti y a Cristina Fernández, una serie de documentos con el fin de «crear condiciones de convivencia más armónicas».    A principios del año pasado la misma institución llamaba al diálogo y criticaba a la clase política por anteponer los «intereses particulares por sobre los del bien común». No es la intención de este artículo realizar un desmesurado ataque a la Iglesia, pero sí resulta interesante tratar de dilucidar qué se esconde detrás de este nuevo rol eclesiástico por fiscalizar la Nación.    El reconocido periodista Horacio Verbitsky publica en su libro «El silencio» una profunda investigación donde se lo vincula a Bergoglio con un grupo nazi-fascista llamado Guardia de Hierro, el cual tenía estrechas relaciones con Massera. Otro caso por demás conocido es el de Von Wernich, quien luego de haber huido a Chile y posteriormente ser reubicado, fue acusado y encontrado culpable de justi-ficar actos de torturas y asesinatos durante la última dictadura militar.  Puede resultar un cliché al hablar sobre la Iglesia caer en los asuntos de abusos y violaciones, pero no sería honesto dejar de lado este tema y no mencionar cierta obsecuencia o desestimación por parte de algunos representantes episcopales a la hora de afrontar las acusaciones.     Continuando con el análisis de la participación de la institución en los procesos por los que atravesó el país, podemos recordar lo ocurrido durante la década menemista, donde la institución se vio fuertemente relacionada con el caudillo riojano, que decidió no seguir el accionar de su referente, Juan Domingo Perón, quien había establecido una fuerte división entre la Iglesia y el Gobierno. En aquellos inolvidables ‘90 la actividad eclesiástica intervino más de una vez en cuestiones políticas y gubernamentales, como por ejemplo, sobre la posición antiabortista que mantenía el país.     Para finalizar, y a modo de reflexión, es interesante destacar quién y desde qué lugar se realizan las críticas, ya que como se pudo ver, la Iglesia, siempre cercana al poder, ha sido vinculada con procesos nefastos de la historia argentina. Nunca está de más realizar una sensata aclaración y distinguir la religión como tal de la Iglesia como institución, ya que lo que hace ruido tanto en la sociedad como en la clase diri-gente es el agresivo ataque de un organismo que no parece ser del todo santo.

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