Qué canciones nuevas fuiste a buscar

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La muerte de Mercedes “La Negra” Sosa impactó a varias generaciones y desde la mañana misma del domingo, cuando nos despertó la infausta nueva , todos quienes la escuchamos y nos deleitamos con su voz, recordamos su presencia, luego de un corto pero oprobioso exilio, en los albores del nacimiento de esta democracia que llegó para no irse nunca más. Su vida, su canto y su compromiso social estuvieron estrechamente entrelazados. Esta maravillosa tucumana llevó a lo largo de su extensa trayectoria, por cuanto lugar transitó, la impronta del artista único e irrepetible. Sin haber compuesto un solo verso ni haber tocado una sola nota de composición propia, la querida Negra Sosa supo elegir el repertorio adecuado a su comprensión de la calidad social que pretendía para sus conciudadanos. No necesitó de ninguna estridencia para sobresalir dentro del canto popular, pero su aporte a las causas nobles por la reivindicación de los derechos humanos, laborales o infantiles subyació en torno a su presencia. Nadie sin una humildad superlativa puede compartir el escenario con la más amplia gama de artistas populares folclóricos y de los géneros más variados, permitiendo que cada uno tuviera su propio lucimiento. En un medio hostil poblado de suspicacias por el tamaño de la marquesina Mercedes Sosa supo ganarse el respeto y el cariño de todos. Y este reconocimiento trascendió las fronteras de nuestro país y en remotas latitudes la noticia de su partida fue destacada y recibida con dolor.

Cuando llegué al Café de los Jueves y mis amigos ya estaban ubicados en nuestra mesa de siempre, noté la amargura en el rostro de José. Dijo, al tiempo que me sentaba frente a él: “La semana pasada estaba verdaderamente feliz por el reconocimiento al tango, pero Dios de quita con una mano lo que te da con la otra; y nos ha quitado esta semana a una de quienes más necesitamos, personas como Mercedes Sosa, que por más de cuarenta años acompañó nuestros permanentes desencantos con la afinación y belleza de su voz”. José desparramó una congoja infinita que traspasó a cada uno de nosotros. Omar se preguntó cuán poco valor le damos a nuestra música autóctona y recordó una anécdota. ·”Hace unos años, unos cuantos, –aclaró con resignada picardía– conocí una mujer que venía de Italia. Se sorprendió de Buenos Aires porque por un momento creyó estar en Roma o Milán. Me dijo: ´El trayecto entre el aeropuerto y el centro de la ciudad lo hice en taxi y la música que en la radio se escuchaba me hizo creer, por un momento, que estaba en Londres. Ustedes continuó la tana diciendoparecen una pequeña porción de Europa y ya aquí, caminando por la Avenida Corrientes, llena de pizzerías, pienso que es así. Porque lo llamativo es que el avión hizo escala en Río de Janeiro y durante el tiempo de la escala sólo se escuchaba música brasilera, samba y bossa nova, y aquí, que esperaba escuchar tangos en cada esquina, por cuanta discoteca he pasado sólo se oyen temas en otros idiomas´” Daniel quiso cortar el clima con un “Che Omar, ¿la tana hablaba tan bien nuestro idioma como vos lo traducís o nos estás metiendo el perro?. Omar fulminó a Daniel con una mirada de lince y dijo: Yo escuchaba con las orejas, marmota, pero mis ojos estaban fijos en los pechos de esta romana que rompía las baldosas y por entonces me importaba un soberano pito su opinión sobre nuestras desgracias culturales. Mi único propósito era ponerla de espaldas para que luego sacara otras conclusiones de Buenos Aires. Todos nos reímos. Y el clima de nuestro encuentro nos dio un respiro. Félix, que había permanecido callado, sacó un CD de su ataché y le pidió a Freddy que lo pasara por la consola. Fue suficiente, cuando desde los parlantes comenzó a sonar “Zamba para no morir”, todos dejamos nuestra hombría mal entendida y dejamos caer una pequeña y difusa lágrima.

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