La Semana Ya

Moral

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Hasta la más deleznable conducta del ser humano es comprensible. En nuestra especie, como en ninguna otra, pueden darse rasgos de grandeza en muchos de sus individuos, que sin embargo no están exentos de producir actos de indudable miserabilidad. Somos una extraña conjunción de ángeles y demonios, del yin y el yang que para la filosofía oriental abarca la dualidad de todo lo existente en el universo, del concepto platónico que identifica al bien con la idea suprema y al mal con la ignorancia, que luego Sócrates enunciaría como virtud moral –el bien– resultado del saber, en tanto que el mal es consecuencia de la falta de conocimiento. Sería Santo Tomás de Aquino quien adjudicaría a la libertad con que dotó Dios al ser humano, esencialmente bueno, la capacidad de obrar en contra de su propia naturaleza.
Sin necesidad de sumergirnos en disquisiciones filosóficas que han ocupado y preocupado a los pensadores de todas las épocas, debemos admitir que esa dicotomía se manifiesta a diario en todos y cada uno de quienes habitamos el planeta, constituyendo un rasgo esencial de la especie. Pero siendo comprensible, no es necesariamente justificable, a la luz del orden establecido por los propios hombres para hacer posible su convivencia, dado su carácter gregario. Desde mucho antes que Platón y hasta nuestros días, el mal es condenable, cualquiera sea su expresión. Y lo es más cuando se manifiesta públicamente desde estamentos paradigmáticos, como lo son el gobierno y sus instituciones.
Está mal –y consecuentemente es reprobable– que la presidenta de una comisión legislativa le aplique un cross de derecha a un diputado que la ha venido sometiendo a distintos agravios desde antaño, conducta también condenable. Como lo es que al normal debate entre quienes sostienen posiciones encontradas se incorporen triquiñuelas ajenas a elementales principios éticos, se trate de acusaciones infundadas o de prácticas que hayan dado lugar a legítimas denuncias. Y que también con frecuencia se solape el auténtico interés público en maniobras sólo conducentes al rédito personal de quienes deben representar la voluntad popular.
La omnipresente televisión nos ha permitido esta semana asistir como espectadores a la expresión de tales miserias, circunstancia que con toda seguridad determinará en buena medida la futura y no tan distante elección de nuevas autoridades. Pero debe advertirse que en un ámbito más próximo, en el que se desenvuelve nuestra vida cotidiana, también se reproducen conductas pasibles de condena por su falta de virtud moral, al decir socrático. Lo es aquella del funcionario municipal, cualquiera sea su rango, que cobra dinero público sin cumplir las funciones que se le han encomendado. Lo es aquella otra de ciertos ediles que denostando a quienes se les oponen pretenden certificar su adhesión al caudillo de turno, en desmedro de la normal confrontación de ideas civilizadamente expuestas. Lo es el de ese otro que detentando una cierta cuota de poder, determina quiénes han de ser ungidos con su favor y a quienes habrá de negárselo, disponiendo con arbitrariedad de medios y recursos que no le pertenecen, por ser públicos.
Hemos asistido en estos días –y hoy La Semana da cuenta de ello– a un episodio en apariencia de rango menor: la exclusión lisa y llana del Museo de Arte Sacro Amalia Sosa Palacio de Carol del programa conocido como «La noche de los museos», convertida por decisión de un funcionario en «La noche del museo», ya que sólo se citó en la correspondiente convocatoria al Museo del Periodismo Bonaerense. Quien así lo dispuso no cumplió con la tarea para la que lo contrató la administración municipal, como lo es la de difundir y promover cuantos lugares de interés turístico-cultural posee Exaltación de la Cruz, entre los cuales el maliciosamente ignorado museo ocupa un lugar preeminente. Quizás con ello dio algún tipo de satisfacción a un superior jerárquico, además de a sí mismo; pero lo más grave es que hizo uso caprichoso de recursos que deben repartirse equitativamente.
Está mal, así de simple. En ese funcionario primó lo personal en perjuicio del interés colectivo. Bien se trate de ignorancia, falta de conocimiento de las virtudes propias de quien ocupa un cargo público, o por un exceso de la libertad que se autoarrogó, es condenable.

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