Mezquindad

Si la política es el medio que permite proponer, discutir y concretar cambios de la realidad que redunden en beneficio de la mayoría de los ciudadanos, muchos de nuestros políticos vienen empeñándose afanosamente en desnaturalizarla. Pareciera que todo se ha reducido a una encarnizada lucha por alcanzar el poder o mantenerlo. En tal sentido, el espectáculo que está ofreciendo la variopinta oposición, en la que militan numerosos personajes cuya ineptitud los llevara a protagonizar estruendosos fracasos cuando fueron gobierno, es decididamente patético. Sus iniciativas parlamentarias tienen el único objeto de desprestigiar y entorpecer la labor de quienes gobiernan, así carezcan de toda racionalidad. Por su parte, el elenco gobernante ha demostrado hasta la saciedad su incapacidad para someter las suyas al necesario debate que pudiera enriquecerlas, abriendo cauces posibles al consenso. Unos y otros han logrado con sus actitudes radicalizar las diferencias, enervar los ánimos y crear un estado de crispación casi permanente. El resultado es el generalizado descrédito de la clase política entre la ciudadanía y su consecuente desinterés en participar activamente en la discusión de asuntos que en definitiva le atañen.
En nuestro medio también se han reproducido algunos de esos deleznables comportamientos. El Concejo Deliberante de Exaltación de la Cruz viene siendo el escenario en que un grupo –el oficialismo– se obstina en desconocer toda propuesta proveniente del bloque opositor de FE, mientras que los miembros de éste hacen de cada una de sus intervenciones ocasión propicia para cuestionar sistemáticamente la labor del Ejecutivo y las iniciativas que presentan quienes lo respaldan desde el legislativo local. Desde las últimas elecciones, que determinaron la nueva conformación del Cuerpo, fueron muy escasas las coincidencias y demasiadas las chicanas mutuas. Se trata de un juego estéril que sólo sirve al eventual «lucimiento» de quien pronuncie el más ingenioso discurso, con el supuesto rédito que de ello pueda deducirse. Solía decir Konrad Adenauer que «en política, lo importante no es tener razón, sino que se la den a uno»; pues bien, aquí nadie le da la razón a nadie.
Andrés Aner es uno de esos concejales que suelen «lucirse» en las sesiones del Concejo. Su dilatada experiencia y fácil oratoria lo distinguen entre sus pares y en su papel de opositor con serias posibilidades de suceder al actual intendente, se ha convertido en el enemigo a batir. Para ello todo parece ser lícito, desde los ataques personales hasta el empecinado rechazo de cada una de sus propuestas. Y esto sucede así se trate de asuntos de tal importancia como el planteado hace pocas fechas por el líder de FE: solicitó la autorización del Concejo para gestionar ante el Ministerio de Planificación, Inversión Pública y Servicios la inclusión de obras de pavimentación de la Ruta Nº 39, el Camino Real entre Capilla del Señor y Los Cardales y el que discurre entre Capilla y Diego Gaynor, como parte de las que se llevarán a cabo para complementar la construcción de la autopista sobre el trazado de la Ruta Nº 8, cuyo llamado a licitación se ha efectivizado recientemente. Aner estaba en inmejorables condiciones para cumplir esa gestión, dada su relación profesional con la cartera que conduce Julio De Vido; pero los concejales oficialistas entendieron que de prosperar su iniciativa podría arrogarse un triunfo político de singular importancia. Se negaron a autorizarlo.
Es una evidencia más de las mezquindades en que ha caído la práctica política. Tenía razón Woody Allen cuando decía, con su lúcido humor, que «la vocación del político es hacer de cada solución un problema». En este caso los concejales oficialistas lo demostraron una vez más.

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