Félix dejó flotar la mirada como quien mira a lo lejos. Dijo entonces: «Recuerdo que en 1973 murieron los tres Pablo más famosos. Pablo Casals, el violoncelista más virtuoso, Pablo Neruda, el poeta chileno de ‘Veinte poemas de amor y una canción desesperada’ y Pablo Picasso, el pintor cubista cuya obra más reconocida fue el ‘Guernica’». Con un gesto cargado de sutileza volvió sobre sí mismo y reflexionó: «No deja de ser una gran casualidad que estos tres memorables artistas emparentados por el nombre hayan fallecido el mismo año. En 1980 murieron dos artistas, también reconocidos extensamente por entonces y un personaje anónimo, pero muy importante para mí: mí padre. En abril de ese año bajé del departamento donde vivía y me detuve como cada mañana en el puesto de diarios que estaba en la esquina de Moreno y Salta, del viejo barrio de Montserrat. Leía, como cada día, los titulares de ‘ojito’. En un recuadro de la portada del diario se leía: ‘Murió Sartre’». Félix hizo una pausa en la tarde invernal del Café de los Jueves y continuó con su relato: «Había leído su obra durante diez años y como muchos de nuestra generación idolatrábamos a Sartre. Durante años pensé qué me ocurriría el día que me encontrase con esa noticia. Y ‘actué’ tal como lo había imaginado. En silencio compré el diario, regresé a mi hogar y lloré todo el día, solo. El 9 de diciembre, apenas unos meses después, mientras retiraba mi automóvil de un garage, sobre el final de una primavera luminosa, escuché que habían matado a John Lennon». Daniel, Omar, Bernardo, José escuchaban lo que Félix contaba e iban incorporando sus propios recuerdos. Freddy, que había traído nuestro pedido, demoró un instante su trabajo. Félix continuó: «Cada época ha tenido sus muertos ilustres y sus muertes conmovedoras. El deceso de Elvis Presley fue en agosto de 1977, el 16 exactamente, en un invierno parecido a este, pero por entonces yo no pertenecía a la generación de sus devotos, todavía. En cambio, la muerte de Lennon fue un impacto brutal para los jóvenes de todo el mundo. Las letras de las canciones, junto a Paúl McCartney y el resto de Los Beatles, simples, pero impregnadas de vivencias experimentadas, incluso superiores a la edad que por entonces tenían, trascendieron de manera única». «Cuarenta años tenía cuando lo mataron –dijo Omar con acentuación nostálgica–. Apenas la edad en la que el resto de los mortales aún no sabemos por donde va la vida». La mesa se había convertido en un recordatorio funesto y recordé cuando mi padre se reunía con su hermana, mí tía, y la conversación rondaba sobre aquellos amigos o vecinos del lejano pueblo donde se criaron. Yo niño, escuchaba: «¡Ah! Sí, fulanito, sí, bueno se murió –decía mi tía–. No me digas, tal, ¿finado?», repetía mi padre. Bernardo preguntó: «¿A qué viene toda esta charla de velatorio?». Daniel, sin prestar atención a la inquietud de Bernardo, recordó la muerte de Marylin Monroe y a Kennedy y lo que todos dicen saber sobre qué estaban haciendo al recibir tan infausta noticia. Los recuerdos prosiguieron. No hubo política, ni mujeres ni deportes. No hubo, al fin, temas de disputa. La muerte rondó la escena esta vez, pero sin angustias vanas. Cuando salí de la redacción, unas horas antes, nos habíamos enterado de la muerte de un gran y estimado vecino, Vicente Papparella. Sólo yo lo sabía cuando me reuní con mis amigos de siempre y no había filtrado la noticia cuando me senté en mi silla del bar. Sin embargo, ciertas empatías logradas tras largos años de amistad y sentimientos comunes parecían ponerse en sintonía. Fantasía, verosimilitud o pura causalidad. Quién lo sabe, después de todo. Quién sabe nada, quién algo. Me quedé pensando.