Las primicias son al periodismo lo que los descubrimientos son para la ciencia. Detrás de una buena nota hay un esfuerzo de producción y ciertos riesgos, que cuando se corren aportan un sabor pleno, aunque no siempre o casi nunca percibe el lector. Para nuestro medio haber logrado un encuentro con José Arce, en la Unidad 41 de la Cárcel Modelo de Campana -cuando ningún medio nacional pudo lograr más que conectarse telefónicamente- y poder ser testigos de su condición de presidiario, en el marco restrictivo de un centro penitenciario, fue este jueves extremadamente caluroso un desafío, un acontecimiento y un encuentro con la profesión que ejercemos. Sentíamos al regreso del Penal y mientras tipeábamos la charla y nuestra propia vivencia un escozor tan particular que sólo los periodistas saben el porqué de tal sensación. Al hombre se lo ve entero a pesar de la justicia que reclama y no llega, apoyado en el amor a sus hijos.
(Ver nota) Había sido una jornada intensa que comenzó muy temprano y continuó en horas del mediodía, cuando el calor agobiaba. Por otra parte, la experiencia adquirida se multiplicaba, día a día, y el armado del semanario tenía el ensamble justo y calculado para ser enviado a la imprenta en tiempo y forma, dejándonos un tiempo adicional para el reposo.
Me fui camino del Café de los Jueves en busca de soledad y descanso cuando ví que en una mesa estaba Omar con un chopp de cerveza. Dibujé una expresión de sorpresa porque me lo imaginaba tirado en alguna reposera frente al mar. «¿Qué hacés acá?», pregunté un tanto perplejo. Y agregué: «Te hacía buscando almejas». Omar apoyó su chopp sobre la mesa y respondió: «En primer lugar, ¿cuánto hace que no vas al mar, periodista? Porque las almejas dejaron de existir hace ya mucho. Y estoy aquí porque no me fui más que a la quinta de mi cuñado, a gozar del silencio, el canto de los pájaros y los petardos que todo tarado que alquila una quinta y viene de Buenos Aires hace explotar en el día y la hora menos pensada, vale decir a las dos de la madrugada».
Me había agarrado una especie de alegría infantil de quien encuentra a su compañero de banco. Llamé a Freddy, le pedí cerveza y le dije: «Las dos son mías». Omar se anticipó y dijo con pícara expresión de ingenuidad: «¿Sólo dos?» « Las que vos desees, amigo», dije para no arrugar. Y me dispuse a escuchar sus reflexiones sobre sus días de ocio: «Catorce horas diarias metido en el agua, sólo para sacarme el aceite, la muzzarella, las aceitunas, los morrones, los palmitos, la cebolla y el calor del horno de la pizzería. Mañana, tarde y noche, entre mate, medialunas, asado y nudismo nocturno junto a mi diosa. ¿Qué otra cosa para este galán que no se cuece al primer hervor?» Hizo una pausa, tomó un sorbo de cerveza y continuó: «A esta edad ya no corro toda la cancha de arco a arco. Voy por la diagonal o hipotenusa y te aseguro que ligo más juegos que por la línea recta. Esa es para los pibes que tienen toda la energía, algo mal distribuída, pero potencia al fin. Soy de los que acomodan la barrera, pero jamás se ubican en ella. Y si la pelota se mete en ‘el rincón de las ánimas’ me hago el distraído y señalo al que se paró en el sitio equivocado. En suma, estimado amigo, nada de playa con su inaguantable arena, viento y frío. Nada de muchedumbres caminándote por el pecho ni nenes perdidos en la multitud. Nada de noches de paseos mirando en las vidrieras artículos que jamás compraré. Nada de colas para tomar un helado y menos meterme a una pizzería, lugar que desaconsejo por completo, menos aquí, en Los Cardales, claro, sino de qué vivo. Y nada de mujeres quejosas que interrumpen el coito porque escuchan ruidos sólo imaginados en sus delicadas cabecitas. Yo, medio sordo ya, mientras estoy en el instante glorioso sería incapaz de escuchar al tren que pase por la puerta de casa o los petardos de los imbéciles porteños a los que no les basta con vivir en la ‘jungla de cemento’ sino que se hacen cien kilómetros para tirar rompe portones en medio de la nada»
«O sea, dije, unas vacaciones perfectas…» y pedí más cerveza.