
[Por E.H.L]
Dos grandes poetas, latinoamericanos ellos, dejaron sus magníficas obras en letras de molde: Pablo Neruda y Jorge Luis Borges. Neruda militó en política toda su vida y cuando Salvador Allende ejercía la presidencia de Chile fue embajador en Francia. Murió pocos días después que su amigo, cuando el carnicero Pinochet se hizo del gobierno. En cuanto a Borges, que no tuvo participación política alguna, divertía con sus declaraciones públicas, que los periodistas permanentemente le reclamaban. “Me pregunta sobre la realidad nacional, cuando yo todavía no sé qué es la realidad” dijo alguna vez y agregó: “Pretenden que les responda genialmente cuando ni siquiera me dan tiempo a pensar”.
Por otra parte, Neruda dijo en una oportunidad “A veces me canso de ser hombre”, expresando un comprensible fastidio por todos aquellos que han prodigado su pensamiento en contradictorias posiciones.
El laberinto descrito tan extraordinariamente por Jorge Luis Borges tiene puntos comunes. Se podría afirmar sin temor a error alguno, que esta casta humana, la de los poetas, en toda época han coincidido sin proponérselo en cuestiones metafísicas que terminan siendo afines. Borges escribió un cuento, “Funes el memorioso”, donde el personaje central está condenado a recordar. Tal como Sísifo, que en la mitología griega, está condenado a empujar una piedra hasta la cima de un monte que caerá inexorablemente por la fuerza gravitatoria de su propio peso hacía su punto inicial, obligando a Sísifo a repetir el intento eternamente.
Hay un hilo conductor en esta introducción que vale la pena desentrañar. Borges describió la condición humana, construyendo poéticamente un laberinto de espejos dentro de un círculo. Allí ubica al hombre impedido de salir y de olvidar. Esta cuestión empuja al tedio, agota, y es lo que hace entendible el hastío que manifestaba Pablo Neruda.
Durante 1998 y 1999, mientras finalizaba el mandato del Presidente Carlos Saúl Menem tras diez años al frente del ejecutivo nacional, el partido Radical -cuasi desmembrado por entonces, pero única fuerza en condiciones de disputar el poder con el Justicialismo-, integró una alianza con distintos sectores. Hubo elecciones internas entre el doctor Fernando De la Rúa y Graciela Fernández Meijide y triunfó De la Rúa. Esa nueva expresión política estaba integrada, entre otros, por los justicialistas disidentes y cuya figura más notoria era Carlos “Chacho” Álvarez, quien representaba el sector de centro-izquierda escindido de la centro-derecha del gobierno privatista de Menem. En tanto De la Rúa se ubicaba en la centro-derecha radical. Vale decir que se estableció una rara unión entre dos sectores antagónicos. La fórmula presidencial se conformó con De la Rúa y Carlos Álvarez. Esta conjunción surrealista duró lo que una flatulencia en un canasto. El Vicepresidente renunció y el Presidente y todos sus ministros y diputados y senadores resbalaron por la pendiente dejando al país en ruinas y con más de treinta muertos, tras una represión tan brutal como sin sentido. Transcurría diciembre de 2001 y en menos de treinta días hubo en nuestra Patria más presidentes que en casi toda su historia: cinco. Tres interinos y dos con algún punto más. El primero de ellos, el hoy senador Adolfo Rodríguez Saá anunció en el Congreso Nacional como primera medida de su efímero mandato la suspensión del pago de la deuda externa. El segundo, Eduardo Duhalde, quien pretende postularse como presidente para el 2011, devaluó la moneda provocando las corridas bancarias más desopilantes y trágicas jamás imaginadas. Todo el patrimonio acumulado por una persona durante su vida quedó reducido a un tercio y como la moneda nacional se destruyó, se imprimieron unos coloridos papelitos con un nombre muy telúrico “Patacones”. Los funcionarios ya nombrados no arredraron siquiera ante los gritos del pueblo de “Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”; entre otros, Elisa Carrió, Gerardo Morales, Ramón Puerta, Juan Carlos Romero, Patricia Bullrich, Felipe Solá, “Chiche” Duhalde y muchos otros que se me olvidan.
Por esas raras coincidencias del Destino, y aunque usted no lo crea, son los mismos que hoy hacen espurias alianzas para obstaculizar cada acción de gobierno, utilizando, incluso de manera insólita, al Poder Judicial para dirimir cuestiones eminentemente políticas. Estos personajes que se pelean por el cartel toda vez que pueden, pretenden convertirse en alternativa de poder, asegurándose que las reservas acumuladas por esta gestión ejecutiva y atesoradas en el Banco Central, se queden allí para vaciarlas ellos luego, como ya lo han hecho.
De todos modos, más allá del tedio, del cansancio, la memoria, los espejos, Sísifo y el laberinto, siempre habrá argumentos válidos tratándose del uso del lenguaje. El más significativo que escuché en estos días, expresado por uno de estos personajes, incapaces de renunciar a nada, es el siguiente: “Nosotros (la oposición) pensamos en el futuro del país. Y respecto al pasado que nos juzgue la Historia”. Tamaña claridad, enceguece.