La única bandera: el bien común

Opinión:

En el año del Bicentenario, se acerca la fecha insigne, donde cada argentino deberá poner lo mejor de sí para la gala que la patria convoca.

Sépase claramente el privilegio que en este 25 de Mayo tendrán los que participen, ya en la mítica Plaza de Mayo o en cualquier rincón del país. Adviértase, por otra parte, que ninguno de los presentes podrá festejar el Tricentenario como tampoco estarán junto a nosotros quienes lo hicieron en el Centenario, por obvias razones. De modo tal, que el privilegio de estas pocas generaciones que estarán presentes, son un regalo, maravilloso, que nos ha dado la pura circunstancia. Justamente, entonces, deberemos hacer mérito y resignificar aquella otra epopeya, aquellos otros hombres y mujeres que nos dieron la idea de patria y de Nación, más tarde.

En 1910 solo una pequeña parte de los argentinos agito la bandera del festejo. El país era otro, lleno de inmigrantes que con su aporte engrandecieron nuestra patria. Pero sus patrones, los dueños de la tierra, poco les importaban su participación activa que sintiesen haber hallado “Un lugar en el mundo” Sin embargo, de esa agitación inmigratoria nacieron movimientos políticos y sociales y entre ellos se distinguió nítidamente la Unión Cívica Radical que le dio sustento a la incipiente clase media ilustrada. Eran tiempos de fraude electoral propiciado por el conservadorismo que veía con horror y no podía, ni puede hoy, digerir la idea de compartir alguno de sus muchos privilegios. La UCR cumplió su rol con el prestigio de su líder Hipólito Irigoyen, quien gobernó buena parte de los primeros años del Centenario hasta que el brazo armado de la opulencia para pocos, dijo Basta. Sin embargo, Irigoyen pudo consolidar la idea que su carisma imprimió: La clase media profesional e ilustrada.

Entre tanto, los privados de todo, menos de su fuerza ruda para enriquecer a otros, seguía bajo la línea de flotación.

Los anarquistas primero y los socialistas después tenían las ideas y los proyectos reivindicatorios de las masas laborales. La belicosidad de los primeros y la falta de apoyo popular de los segundos impidieron que muchas de sus integradoras ideas vieran la luz. Pasaron algo más de ciento treinta años, desde 1810, para que por un resquicio casi insignificante fuera suficiente para el ingreso de una fuerza que sacara de las tinieblas a la clase postergada. La historia nos enseña infinidad de acontecimientos impensados e inimaginados por donde se filtra la malignidad absoluta o el equilibrio de fuerzas organizadas, propensas a la claridad conceptual.

Un Coronel del ejército a cargo de una secretaría, ni siquiera de un ministerio. Apenas un subordinado ante el generalato comenzó a aplicar las leyes socialistas. Las buenas y justas normas que nacieron de otras mentes sanas y equilibradas, que dormían en los despachos del congreso, para incluir la pata que faltaba del trípode donde se asienta la construcción de una Nación: La pata trabajadora. Pero como pocas veces antes, la historia muestra la cara más sorprendente del elemento circunstancial. “El hombre y su circunstancia” escribió Miguel de Unamuno. El nombre del Coronel Perón había comenzado a pronunciarse, por su labor frente a la Secretaría de Trabajo y Previsión, pero el devastador terremoto de San Juan en 1944, que se cobro diez mil vidas lo puso como principal organizador de la ayuda que la parte lacerada de la patria precisaba. Y el Coronel no perdió un instante. Pero en prosecución de esta tarea otra circunstancia enmarcada esta vez en la maravilla del amor, lo puso ante una sencilla mujer, Evita, quien a su lado se convertiría en solo ocho años, en el estandarte más notable y único de nuestra historia. Esta conjunción de empatía, amor y compromiso social alarmo y esta alarma dio origen a la fecha de nacimiento del movimiento más transformador de nuestra patria: El 17 de octubre de 1945. La presidencia de Juan Perón a partir de 1946 y el afianzamiento sindical como la columna vertebral de la corriente política naciente; las leyes laborales y sociales; el voto femenino; la industrialización del país y el sistema educativo estatal y laico en sus tres niveles; la cuantiosa obra pública que generó trabajo esta extinguir la desocupación; la sustentación de la Tercera Posición frente a la dicotomía EE.UU. – Unión Soviética en política exterior y la generosidad de nuestro trigo que alimentó a buena parte de una Europa devastada por la guerra, fueron alguna de las medidas que el “Justicialismo” puso en marcha para la felicidad del pueblo trabajador.

Como 25 años antes con la UCR y su líder Hipólito Irigoyen, la patria oligarca y su brazo armado, los militares traidores al sistema democrático, se interpusieron en 1955 y en 1976. Los 27 años de democracia que comenzó en 1983, con un luminoso Raúl
Alfonsín hasta este 2010, cada gobierno hizo su aporte para que los militares representantes de la intolerancia y los intereses mezquinos se sujetaran a su destino. Y la opulencia concentrada no tiene, hoy, puertas que golpear. Solo les queda la “Prensa Libre” y la decadencia de algún obispo al que se le cayeron las hostias del Cádiz.

El 25 de Mayo izaremos dos banderas: La Celeste y Blanca y la del Bien Común. Subirán el mástil juntas, lentamente, como se hacen las gestas sabiamente basadas. 

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