La Semana Ya

La Historia al diván

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La terapéutica psicoanalítica freudiana implica una basta exploración en los acontecimientos pasados del sujeto para visualizar la manera en que alguno de ellos han quedado encapsulados en el inconsciente y cómo opera en la vida diaria arrastrando cierta conflictividad. Conflictividad que ha llevado al individuo a la consulta. Se busca en definitiva saber cuándo y en qué circunstancia se produjo el nudo ‘georgeano’ que habrá que desatar. En suma, hacer consciente lo inconsciente.
La historia de un individuo no es distinta a la historia de una comunidad, sociedad o nación. Hay siempre en el pasado hechos que no debidamente esclarecidos confunden y atormentan. Ese malestar no visualizado tiende a repetirse y multiplicarse. Revisar nuestra historia individual y colectiva es parte de un ejercicio necesario para despejar el camino, de lo contrario la piedra que nos llevamos por delante permanecerá allí y será nuestro tropiezo permanente.
Sigmund Freud dijo a su compañero de viaje al llegar al puerto de Nueva York, ante la multitud que fue a recibirlo como a un verdadero prócer: “No saben que les traemos la peste”. Su referencia indicaba que aquello que lo había hecho trascender implicaba una mirada introspectiva, que la mayoría no había advertido y que significaba ciertamente un dolor de cabeza. Revolver el pasado nos introduce en un laberinto poblado de espectros y fantasmas. No es casual que tanta gente se alarme y no desee enfrentarlo.
Cuando en estos días de efervescencia política, de debate de ideas y proyectos y de miradas hacia un pasado no demasiado lejano muchos políticos y demasiados comunicadores aboguen por abandonar todo intento. Con argumentos de escasa racionalidad, cargados de prejuicios e inconsistencias, temen mirar lo que no conviene a intereses cuyos representantes se mantienen ocultos. El argumento es tan débil que hace pensar que un estudiante de historia ante la pregunta de un profesor sobre, por ejemplo, el Siglo de Pericles, pudiera responder que ‘Eso ocurrió hace tantos siglos que no merece respuesta alguna, habiendo hoy tantos problemas por resolver’.
La historia humana mantiene una línea conductora desde que el primer individuo se apropió de la tierra y el esfuerzo de los otros. De allí en más unos se convirtieron en amos poderosos y otros en esclavos sojuzgados. Y así andamos por la historia, intentando unos mantener sus privilegios y otros tratando de huir del atropello. Los que han logrado en dos mil años de historia salir del fondo del hoyo y asomar la cabeza en la medianía han sabido olvidar sus orígenes, no, claro, sin pagar un precio. Pero lo han hecho porque supusieron que ese precio era menor o compensatorio ante la situación pasada. Los poderosos de siempre saben que mantener cierta tolerancia con este sector les es beneficioso en tanto y en cuanto son la muralla de contención de las masas desprovistas de todo privilegio.
El poder tiene claramente establecido los mecanismos de control y los ha perfeccionado a través de la historia. Sabe cómo usarlos y no carece de recursos ni escrúpulos. Con su maquinaria perfectamente aceitada ha combatido todo intento de quienes han intentado sacar del fondo del abismo a la clase trabajadora.
Hasta no hace mucho rodaban cabezas, pero hoy ya no cuentan con el filo de la espada y aunque las poseen no les resulta tan sencillo argumentar su uso. Pero tienen a mano un elemento casi más contundente y más acorde a los tiempos que vivimos: el dinero. Se compran voluntades, opiniones ‘calificadas’, justicia, leyes y una gama infinita de argucias.
En nuestra América llevamos doscientos años luchando por concretar las ideas que hombres lúcidos y visionarios dejaron embrionariamente para la posteridad. Otros tomaron ese camino y con todos lo tropiezos pudieron, sin embargo, mantener la llama viva del ideario superior y sublime de la igualdad y la hermandad. Es necesario recordarlo para ver el camino recorrido. Saber de aciertos y errores para afirmar unos y erradicar los otros. Con la mirada al frente y el ‘tercer ojo’ en la nuca, única manera de acrecentar la esperanza de una sociedad contenedora e igualitaria.

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