La Semana Ya

La bala es la culpable

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El tema es así”, dijo Bernardo enarcando la ceja derecha con su habitual expresión irónica. Preguntó: “¿Conocen el cuento? Claro que no, porque lo acabo de inventar”, respondió sin que José, Omar, Daniel, Félix ni yo atináramos a decir nada. Bernardo continuó. “Luego del alegato del fiscal y ante la contundencia de los hechos el abogado defensor hace su exposición y le dice al tribunal: es cierto, señores jueces, que mi defendido discutió acaloradamente con el fallecido y le dijo que lo mataría. Pero cuántas veces en nuestras vidas hemos discutido y amenazado a nuestro circunstancial oponente, solo como una manera errónea, si ustedes prefieren, pero que jamás se lleva a cabo porque es producto de la vehemencia de una discusión. Discusión que, por otra parte, fue ante tantos compañeros de trabajo, que ante un eventual homicidio serían incontrastables testigos, como aquí quedó demostrado. Pregúntense los presentes en este tribunal, busquen en su memoria y van a encontrar infinidad de ocasiones en las que han sido testigos o en las que han procedido igual que mi cliente y no por ello se han convertido en homicidas. Por otra parte, es cierto que al día siguiente mi cliente concurrió a la armería de la calle Salta y compró un revólver Smith Wesson, calibre 32. Pero no es menos cierto que esa armería vendió ese día otras ocho armas, de modo tal que, dado que la venta de armas es libre, más allá de los requisitos que exige el RENAR, la adquisición de tal instrumento no convierte a mi cliente en ´asesino´. Asimismo, que mi cliente se situara en una esquina de la ciudad en actitud de espera es solo una de miles de personas que lo hacen diariamente, esperando quizá a un amigo, una novia o esposa, o simplemente contemplando la vida y no por ello estamos en presencia de un criminal. Que ocasionalmente pasara por allí su compañero de oficina con quien discutiera el día anterior no indica otra cosa que cuáles y cuántos son los frutos de las ‘casualidades’. Afirma la fiscalía que mi cliente disparó el balazo que acabó con la vida de su compañero de trabajo. Obsérvese que el fiscal hace hincapié en que mi cliente, el acusado, ‘apretó el gatillo’. Pero qué es un gatillo, señores jueces, sino un adminículo de metal semicurvo. Sin ir más lejos, viniendo para aquí, esta mañana, mi automóvil se detuvo imprevistamente, lo que me obligó a abrir el capó para una inspección ocular de una posible falla. A tal efecto, tuve que accionar una palanca que destraba el capó, que se encuentra debajo y al costado del volante y comprendí al hacerlo, que esa palanca era igualmente, que en el caso que nos trajo hasta aquí, una pieza de metal semi curva, y no pude siquiera imaginar que ante tal acción pudiera salir disparado un trozo de metal que pudiera ocasionar la muerte de alguien. ¿O acaso debería guiarme por aquella publicidad que muestra la figura de un vehículo que convierte la parte delantera en el cañón de un revolver y por consiguiente en un arma de fuego y por ello mismo convertirme yo en un homicida? Por lo tanto, digo y sostengo que las pruebas traídas a este tribunal son solo indicios circunstanciales, desafortunados quizá, pero que en ningún caso convierten a mi cliente en autor del hecho que se le imputa. Entonces, les pregunto a los señores jueces, si el plomo que salió del caño del revólver de mi cliente tenía por objeto terminar con una vida. ¿Sabía, acaso mi cliente, que la dureza de un plomo sumada a la velocidad vulnerarían la resistencia de una anotomía de la fortaleza que exhibía el fallecido? Señores jueces, reclamo la absolución del imputado por ser inocente, víctima de una serie de circunstancias, equivocadamente evaluadas por el fiscal, cuya animosidad ha sido manifiesta durante este juicio y solicito, subsidiariamente, que se culpe a la bala, por imponer una fuerza destructora que ni mi cliente ni la víctima del impacto conocían”. La tarde caía en el Café de los Jueves y Bernardo había puesto en escena la fortaleza o vulnerabilidad de las palabras ante la realidad de un acontecimiento. Y también, la venalidad de la justicia ante el poder y el dinero. Como buenos y divertidos amigos las risas sonaron y otros temas tomaron lugar en la charla semanal, pero quedaron flotando en el ambiente las peleas institucionales por dar en los próximos tiempos para corregir yerros tan groseros como los que se ven a diario.

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