La Semana Ya

Justicia, paradoja y reflexión

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La justicia debe ser equidistante entre la víctima y el victimario. Esa distancia necesaria, sin la cual no habría sino un sentido vengativo en todo procedimiento jurídico, es privativa del sentido de justicia. Claro que la justicia no debe ser nunca ni lenta ni perezosa porque de ser así deja de serla. Se sabe, por otra parte, que los “tiempos judiciales” tienen un desfasaje entre la ansiedad de los contendientes y los procedimientos que garanticen la defensa en juicio. Las ideas “garantista” y de “inseguridad” son solo expresiones amasadas en los medios de comunicación porque sus efectos generan polémica. La justicia siempre debe garantizar el ‘debido proceso’, correr vista a la defensa del acusado, ya que nuestra Constitución considera la inocencia del inculpado hasta que en un juicio se demuestre su culpabilidad. Solo en los sistemas dictatoriales existen los juicios sumarios. Comprender esto es esencial para tener una mirada ecuánime sobre el Derecho. Los jueces de cualquier instancia solo puede guiarse por lo que esta en el expediente de la causa y por ninguna otra cosa.
En cuanto a lo que hoy se menciona como inseguridad vale decir que no todo delito es en sí mismo un hecho que pueda ser calificado de tal. Primero porque en ninguna sociedad humana, aún las que no conocemos pero estimamos por referencias que están algo mejor que la nuestra dejan de ocurrir hechos delictivos. Desde las simple contravenciones a los homicidios más repugnantes. El hombre tiende a transgredir normas y leyes por el solo hecho de pertenecer a la especie humana. No hay sociedad donde no ocurran delitos. No la hay ni la habrá. De hecho esta afirmación tiene el contundente apoyo de la cantidad de series televisivas montadas sobre hechos policiales. Desde Patrulla de Caminos, Perry Masón y El Fugitivo hasta las más recientes como la Ley y el Orden. Países mal llamados de ‘primer mundo’ tienen crímenes brutales a diario, como aquellos reflejados en los noticieros donde un señor se levantó de mal talante y acribilló a sus compañeros de oficina o escuela. O vehículos conducidos por señores furibundos que no se detienen ni con las llantas de sus rodados y cien patrulleros por detrás. Luego los sistemas llamados de seguridad fallan tanto aquí como en cualquier parte del mundo. Pero si se quiere saber cuanto fallan aquí respecto de otros sitios solo contamos con las estadísticas. Y ya sabemos lo que estas reflejan. Para la víctima ninguna reflexión lo consuela. Va a medir su reacción de acuerdo a lo padecido. La vida misma tiene algo de azaroso y en el gigantesco bolillero hay un número que nos pertenece y que gira entro de él. No se trata de ninguna manera de una mirada resignada sino de ver las cosas desde una perspectiva menos apocalíptica.
Ni la mejor distribución de la riqueza, ni la mejor educación, ni el hogar y la familia mejor constituidas garantizan nada por sí mismo. Sin embargo, son la única posibilidad de construir una barrera ante la tentación a la que estamos expuestos cada uno de nosotros, en un mundo cuya ferocidad consumista nos aliena, pero paradójicamente, el progreso, se mide por él.

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