Hoy y Siempre

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Enero en sinónimo de vacaciones. De distensión. Del sonido característico de las zambullidas en las piscinas de los barrios de quintas y en la pileta semi olímpica de la Comuna. Del aperitivo, la cerveza o gaseosa en el bar, cuando la tarde comienza a caer y la brisa socorre. También del helado por kilo, para acompañar como postre, el asado nocturno a la luz, sólo, del fuego. Las vacaciones de los que no se han tomado vacaciones aún. Sin embargo la vida sigue su curso inexorable y las potencias cósmicas nada saben de los placeres humanos.
Aquí en nuestro terruño, aunque en menor medida, la actividad institucional continúa, porque los tiempos políticos tienen su naturaleza propia. La oposición pide que se abran “extraordinarias” por la seguridad “escasa” de nuestras veredas y el oficialismo implementa medidas con la basura, encolumnándose con los cierres de basurales a cielo abierto que pretende el gobernador Scioli. Sin embargo, el acontecimiento más conmovedor y triste de estos días fue la tragedia de Ezequiel López, un niño de doce años que murió ahogado en el Arroyo de la Cruz, a la vera del Paseo Arcos Iris. La inocencia y pureza de un pequeño muchachito que deseaba emular a su abuelo en la pesca deportiva, sucumbió en la fatalidad de un resbalón. La muerte joven se transforma en un estigma. Algo de cada uno de nosotros muere con él. Muere nuestra propia niñez y juventud, una vez más. Y cuesta un poco más comenzar nuevamente.
Cuando la edición de LA SEMANA tenía la forma que usted verá el sábado próximo me fui al Café de los Jueves a “curtir soledad”. Junto con el pedido crucé algunas palabras con Freddy, quien esperaba febrero para sus vacaciones en la costa. “Me voy a Villa Gessell”, dijo. Pensé por un momento que uno no está solo nunca. Siempre hay recuerdos que se despiertan al menor estímulo. Brillan con tal potencia que de pronto uno está inmerso en ellos. Son tan vívidos, tan fotográficos, enceguecedoramente luminosos. Transportadores. Y me ví con veinte años en un bar de la Villa del que era habitué, “Nostalgias”, sin otra preocupación que disfrutar del ocio y las mujeres cuando la vida no tiene horizonte a la vista. Cuando Freddy trajo el pedido me devolvió a la realidad de la terraza de este bar, de esta tarde y de esta soledad. Hegel sostenía que “la soledad es el atributo de los pensadores, sin la cual es imposible cualquier construcción filosófica”. Pensar y recordar son capacidades del cerebro humano, pero muy distintos en un punto y concomitantes en otro. No se podría pensar sino se tuviera capacidad de recordar lo pensado, pero el pensamiento como construcción de una idea de largo aliento no precisa de la memoria como punto de partida. Por el contrario, se necesita del esfuerzo de olvidar construcciones aprendidas para adentrarse en el camino que se pretende recorrer. El mundo de las ideas como el mundo del arte es de una complejidad manifiesta y lejos de quienes adjudican a ambos categorías nominativas simples, ese mundo está circunscrito a mentes entrenadas. Recordé que alguien, hace ya mucho tiempo, me dijo “De seguir con ciertas calificaciones, tan en boga, muy pronto firmar un cheque será considerado hacer literatura”. El recuerdo de aquella ironía me movió a risa y levanté la vista para ver si alguien vería a un hombre solo, riendo. Pero no, cada cual estaba en lo suyo y decidí mimetizarme, ya que el pensamiento como método nos pone a distancia y para peor nos convierte en sospechosos. Dibujé una sonrisa de placidez, me acomodé y dejé a la vida seguir su curso.

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