La Semana Ya

Historia de bares y sueños

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Adentrados un mes en el otoño, la temperatura sin embargo mantenía, al menos por las tardes, una tibieza confortable que invitaba a salir y transitar. La terraza del Café de los Jueves se veía como en sus mejores tardes: llena de parroquianos. José, Bernardo, Omar, Daniel y Félix, mis viejos y queridos amigos, ocupaban nuestra mesa cuando llegué. El ritual del encuentro, pensé, y recordé una vieja canción cuya letra decía en una estrofa quejosa “con una hippie yo me metí. Nunca viví nada igual, yo en mi casa y ella en el bar”. Sin distinción de géneros, es hoy, como lo fue siempre, el ámbito de encuentro para intercambiar vivencias o soledades, aquí y en cualquier lugar del mundo. Algunas valiosas obras literarias fueron escritas en apartados rincones por oscuros personajes, que volcaron en páginas grasientas, sus sueños y frustraciones. Otros describieron de manera brillante y conmovedora la influencia y la particularidad de este ámbito. “Sobre tus mesas, que nunca preguntan, lloré una tarde el primer desengaño; me hice a las penas, viví mis años y me entregué sin luchar”, escribió Discepolín en el Cafetín de Buenos Aires. Pasaron frente a mí las letras de otros tangos, quizá el género que más ha descrito su entorno y las imágenes de innumerables films donde se inmortalizó la impronta de su significación para el derrotero de historias ‘universales’. Riky era el inmortal bar de Casablanca, aunque se parecía más a una boite o un dancing. El Café de Artes que pintara magistralmente Vicent Van Gohg. Los bares o cafés parisinos donde la intelectualidad francesa de post guerra discutía el futuro de Europa en interminables tertulias. Algunos de ellos, que existen todavía, son buscados hoy por los turistas de todo el mundo por las historias que allí se gestaron. Los pubs ingleses donde se bebía y se bebe hasta la ebriedad. Justamente en uno de ellos se reunían o concurrían dos grandes dramaturgos británicos del siglo XIX, Gilbert Chesterton y George Bernard Shaw, rivales literarios e ideológicos de la época. Cuenta la leyenda que una mañana ingresó al pub Shaw, quien era extremadamente delgado, desgarbado y poco atractivo. Cuando lo vio entrar Chesterton le dijo socarronamente: “¡Hombre! Cualquiera que lo viese pensaría que el hambre está azotando a Inglaterra”. Chesterton, por el contrario, poseía una figura obesa, lo que le permitió a Bernard Shaw usar su velocidad mental, que era, además de su sensibilidad, su mayor virtud. Respondió entonces: “Verdad, pero viéndolo a usted comprenderían rápidamente cuál es la causa”. Al respecto de Shaw y su inteligencia, se cuenta otra anécdota. Una noche se le acercó una joven extremadamente bella, que le manifestó su admiración y le dijo de manera halagadora: “Imagine maestro, un hijo con mi belleza y su inteligencia”. “Sí, claro –respondió Shaw–, pero habría que tener en cuenta la ecuación inversa, su inteligencia y mi belleza”. Pensé también en los bares de Buenos Aires como el Tortoni, que aglutinó a la intelectualidad vernácula en la primera mitad del siglo pasado y que mantiene la misma estructura y prestigio. O el inmortalizado Café de los Angelitos, bar de Gabino y Cazo, recuperado hoy al igual que las Violetas o el Bar García. Los bares de la calle Corrientes, como el Ramos o La Paz, entre otros, lamentablemente remodelados con dudoso gusto decorativo. También claro, el Bar Unión, enclavado en el bajo San Telmo, al que Jairo le cantara. Cuando finalmente posé mi anatomía junto a mis amigos, el tema más destacado era el amor, las conquistas, el romance y las decepciones del desamor. Recordé entonces lo que Jorge Luis Borges, en el prólogo de Crónicas Marcianas de Ray Bradbury, deja entrever en una expresión metafórica, inquietante y original, entre otros aciertos sobre ese magnífico libro. Dice respecto de esos remotos e inalcanzables sitios: “Dónde han ido a parar los sueños y las expresiones más puras de los enamorados”. La charla estaba entretenida y el tema era por demás atractivo, de modo tal que me puse a escuchar con atención, envuelto en la mejor atmósfera posible: el terreno fértil del espíritu.

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