La Semana Ya

Gato por liebre

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Me senté a nuestra mesa del Café de los Jueves. Aún no habían llegado mis viejos amigos y Freddy al acercarse con su bandeja me dijo imperativo: “Temprano”. “O tal vez tarde”, le respondí, después de todo quién lo sabe. Mientras se retiraba en busca de mi pedido escuché a mis espaldas que un hombre le decía a otro: “Uno necesita armarse de una mentira para vivir”. Me llamó la atención, pero no quise darme vuelta para ver el rostro de quien había expresado esa especie de sentencia de abigarrado nihilismo. Por la puerta lateral del bar ingresaron José, Bernardo, Félix, Omar y Daniel mirándose entre ellos, siempre dispuestos a bromear. “Se cayó de la cama”, dijo Bernardo. “La mujer le pidió que saliera a ver si nevaba”, dijo Félix. Por un tiempo más prosiguieron con las suposiciones del porqué de mi llegada anticipada. Freddy llegó con mi cortado liviano y un libro sobre la bandeja. “Lo conoce”, me preguntó Freddy. Leí: Diccionario de Filosofía de Ferrater Mora. “¡Uh!”, exclamé sorprendido. Recordé lo útil que me había sido ese diccionario hace cuarenta años. Tanto que no iba a ningún lado sin él. Bernardo lo manoteó de inmediato y se puso a hojearlo. “Absoluto”, dijo Bernardo y se introdujo en la lectura de una de las primeras palabras del libro. Omar se anticipó y dijo: “Palabra de uso limitado, pero que de continuo se la escucha. No tiene un uso práctico, pero hay una predisposición a su utilización y darle disparatadas acepciones. Ejemplo: fulana le cuenta a su amiga que fue de vacaciones a tal lugar y ante la pregunta de si le gustó, la fulana responde: ‘Absolutamente’. También es muy utilizada por los canales de televisión de aire cuando estrenan una película. Dicen: ‘Estreno absoluto’ cuando bien podrían decir que se trata de un estreno para la televisión, ya que el mencionado film fue estrenado hace ya mucho tiempo en el cine”. “Un estreno absoluto sería la proyección de una película que aún no se haya filmado”, dijo Daniel haciendo un original aporte. “Verdad”, leyó Bernardo. José lo miró por sobre sus lentes y dijo: “O este lee muy rápido o a ese libro le faltan páginas”. Bernardo realizó un ‘per saltum’ ante lo dicho por José y leyó: “Relación entre el enunciado y aquello que se enuncia”. “Cuando se trata de objetos es fácil advertir la diferencia entre verdad, mentira o error, pero cuando el enunciado intenta aproximarse a la descripción de acontecimientos allí la cosa se complica”, dijo Daniel y agregó: “De hecho, aun cuando se trate de objetos o cosas se dificulta enunciarlo todo. Habitualmente tanto el emisor como el receptor aceptan las simplificaciones. Digo, si menciono la palabra ‘copa’ todos aceptamos de qué estamos hablando, pero debería decir ‘recipiente de cristal o vidrio esmerilado y/o bajo relieve que se utiliza para verter en ella una amplia variedad de líquidos para beberlos’, lo que haría que cada conversación, aún las más triviales, se conviertan en un engorro de proporciones. Imaginemos, entonces, la enunciación de acontecimientos que están atravesados por la interpretación que hagamos de ellos. Claro que entre el error y la mentira se manifiesta la mala fe. Y esta no es otra cosa que la intencionalidad mendaz del emisor. La sustitución de los hechos a través del ordenamiento de las palabras nos permite las interpretaciones más disparatadas. Sin embargo, existe una formula perversa, difícil de neutralizar, que se mide por la repetición o generalización que de ella se haga. Y los perversos saben bien la cantidad de trasmisores que repetirán el falso orden del enunciado hasta perderlos de vista. Así, si alguien ‘quema el parquet de su casa para hacer un asado’, se dirá que para qué entregarles una casa a los pobres si terminan destruyéndola. Quienes llenaron la Plaza de Mayo en la asunción de Alfonsín en 1983 lo hicieron por el advenimiento de la democracia y la adhesión al líder Radical. Si la plaza la llenan los peronistas, en cambio, es porque se les dio dinero y se los llevó allí en camiones o colectivos, con promesas falsas. En fin –concluyó Daniel–, se trata de la interpretación deliberada”. Bernardo seguía absorto en el libro y José le preguntó si había llegado a algún lugar. “Sí –respondió Bernardo–, llegué aquí, justo aquí para enterarme de cómo cualquiera puede hacer pasar gato por liebre”.

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One Response to Gato por liebre

  1. abrojorecargado julio 28, 2011 at 4:22 pm

    Estimado, me parece que va a tener que actualizar su discurso (aunque coincido en gran parte con el), el tema de la quema del parquet es una anecdota tan vieja que ya casi nadie se acuerda de ella. Eso si, manifestaciones en la plaza de Mayo eran las de antes, todos laburantes, el aire era puro y el día peronista. Hoy el humo del choripan no deja ver nada, ni siquiera si hay sol o esta nublado y la instrumentación de la marginalidad que origina la pobreza extrema evidente.

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