
A instancias de Héctor Nanni, hace 17 años se reunió un grupo de vecinos de Los Cardales decididos a celebrar la festividad de San Juan tal como históricamente lo han hecho las más diversas civilizaciones, teniendo al fuego como protagonista. Fue el fallecido antropólogo Miguel Hángel González quien supo ilustrar sobre el ritual que con leves variantes se repitió durante siglos entre pueblos tan distantes entre sí como los del Mediterráneo y los aztecas, bien que con diferentes significados religiosos o culturales. También en nuestro medio los más memoriosos evocaban las pequeñas hogueras que para tal fecha se encendían en diversas calles del pueblo, lejos aún de convertirse en la pujante localidad que es actualmente. La idea terminó materializándose con el inicial aporte de los primeros «muñecos» a incinerarse, representando los males a exorcizar, confeccionados por alumnos de la Escuela Nº 11 guiados por su profesora de plástica Anina Gualchi. De ahí en más la Fogata de San Juan ha crecido año a año, llegando a convertirse en la fiesta popular de mayor proyección de cuantas tienen lugar en Los Cardales, tanto por su creciente manifestación de creatividad en cada una de sus sucesivas ediciones como por la multitudinaria asistencia que convoca.
Que esto haya sucedido se debe exclusivamente al altruismo, tenacidad y entrega de quienes constituyen el grupo organizador, cuyos nombres es de justicia destacar, comenzando por el «eterno» doctor Nanni, Alicia Trezza, los matrimonios Fagiani, Trápaga y Savoy, Ricardo Bracamonte, Liliana Benítez, Claudio Aspiazu, Mario Tonín, Raúl Pellegrino, Aldo Venturino y Patricio de los Santos. Unos han venido bregando desde el comienzo, otros se sumaron luego; pero sin duda todos están animados por el mismo espíritu de solidaridad, ya que debe recordarse que el resultado económico de su esfuerzo está destinado a la ejemplar «Salita» local de primeros auxilios.
En correspondencia con el crecimiento de la ya tradicional Fogata, también se han incrementado los gastos que deben atender sus organizadores. Por ello requieren habitualmente la colaboración de vecinos y particularmente de comerciantes. Es evidente que muchos de estos últimos se ven directamente favorecidos por la asistencia de una multitud que este año ha superado los doce mil visitantes; pero no todos han entendido que debían ofrecer su cuota de solidaridad. Ni siquiera como mínima compensación por haber ocupado el espacio público con multiplicadas mesas y sillas sin que el Municipio les haya cobrado el canon que pudiera corresponder. Se limitaron a «hacer caja» y evidentemente no les fue mal.
Tampoco les fue mal a otros «avispados» que sin haber contribuido en nada al pretendido éxito de la fiesta, decidieron hacer su agosto en julio vendiendo sándwiches de vacío desde un kiosco habilitado para expender golosinas, cigarrillos y helados, o reconvertirse de peluquero en eventual cocinero al paso de chorizos «a la pumarola». También hubo quienes ocuparon el doble del espacio que contrataron para vender las más variadas mercancías (incluyendo automóviles) y otros que desplegaron toda su habilidad para soslayar el pago de espacio alguno. Miserias que suelen evidenciarse cuando se huele dinero fresco.
Pero todo ello no disminuyó en nada el brillante resultado obtenido por «el grupo de la Fogata»: Los Cardales disfrutó de su fiesta más multitudinaria y «la Salita» se beneficiará con el dinero recaudado; esa misma «Salita» cuyos servicios son gratuitos y a la que acuden a diario todos los vecinos del pueblo, incluidos los insolidarios.