El problema más lacerante que padece nuestro país es la miseria. En la historia que hemos vivido varias generaciones de argentinos ha habido y hay pobreza, ese estadio social que se vive sin menoscabo de la dignidad, porque el horizonte ha quedado abierto a la prosperidad que justifica el esfuerzo. Pero no es a esa pobreza a la que nos referimos, sino a la miseria, a esa condición en la que han quedado relegados millones de compatriotas para quienes sirven de poco las estadísticas que hablan de mejoras sustanciales en los índices que en algún momento llegaron a registrar a la mitad de nuestra población en tal situación. Sigue habiendo miseria en este país nuestro que produce tanta riqueza como para acumular miles de millones de dólares en sus arcas del Banco Central. Está a la vista, también aquí, entre nosotros.
La miseria margina (¡qué novedad!), crea ciudadanos que sobreviven de las sobras, es el caldo de cultivo de la inseguridad que padecemos «la gente de orden y decente». Y lo que es peor, destruye en buena medida la cultura del trabajo; de ello se han encargado ciertos estamentos políticos que han trocado el indispensable asistencialismo en mero clientelismo oportunista y amoral. Está a la vista, también aquí, entre nosotros.
Porque es así, la miseria termina siendo funcional a un sistema político dominado por camarillas enquistadas sucesiva y alternadamente en el poder. Comprar la voluntad de un hambriento es tarea bastante sencilla, sobre todo cuando se cuenta para ello con el dinero del Estado para repartir según los criterios indivi-duales y nunca inocentes del mandamás de turno. ¿O acaso alguien conoce a algún dirigente de la escala que sea, desde el más alto nivel hasta los de nuestro ámbito más próximo y reconocible, que se haya empobrecido repartiendo sus propios bienes? Más bien todo lo contrario, si hasta suelen quedarse con el vuelto.
Pero no debe creerse que este hábito instalado de consagrar la miseria y la dependencia mediante subsidios, preben-das de poca monta y favores a cambio de votos, sea irreversible. El propio gobierno nacional apunta indicios de un posible cambio de rumbo en materia asistencial, bien que sin abandonar definitivamente otras prácticas que aún le siguen resul-tando útiles para rentabilizar obligadas adhesiones. Desde el Ministerio de Bienestar Social ha venido desarrollando el Banco Popular de la Buena Fe, una experiencia inspirada en el sistema que ideara el economista Mohammad Yunus: pequeños créditos destinados a iniciativas productivas que se otorgan sin más aval que la confianza en quien lo demanda y en su proyecto. Algo impensable en los bancos convencionales, incapaces de advertir que los pobres son mejores «clientes» que los más pudientes; en el «Banquito de la Buena Fe» sólo hay un cinco por ciento de eventuales morosos.
En nuestro medio se está llevando a cabo una experiencia en Diego Gaynor al calor del nuevo Centro Educativo inaugurado allí el año pasado, el C.E.P.T. Nº 32, uno de cuyos objetivos -además de la formación de técnicos agrarios- es la de colaborar en el desarrollo de la comu-nidad local. Es una población que como tantas otras que vieron desaparecer el ferrocarril, fue diezmada por el éxodo de los más jóvenes, la falta de trabajo y el consecuente empobrecimiento. Puesto en marcha el «Banquito» hace unos pocos meses, se han otorgado más de cuarenta minicréditos que han servido para que Carmen críe pollos parrilleros; Miguel Angel y Karina hagan lo propio con lechones; María de los Ängeles haya podido dedicarse a lo que sabe hacer muy bien, mimbrería; Lucía esté teniendo mucho éxito con sus productos de repostería; Gerónimo disponga de las herramientas para la reparación de ciclomotores… Ellos y todos los demás han logrado eludir la miseria, sólo les ha hecho falta que alguien confiara en sus capacidades y honestidad, sin otro aval que su palabra, sin otra fuerza que la de su trabajo.
Es un camino posible, hay lugar para la esperanza.
