La Semana Ya

El periodismo

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[Por Damián Duarte]
El periodismo desarrolló desde sus inicios una serie de tácticas orientadas a la búsqueda de información, cayendo así en una especie de alquimia de la verdad. La intromisión de los comunicadores ha generado una cierta contrariedad en las personas investigadas por asuntos un tanto confusos, logrando delinear un estereotipo de los periodistas muy similar al de la piedra en un zapato, dando lugar a una prejuiciosa evasión de estos sujetos.
La opinión pública se ha visto conmovida a lo largo de la historia con casos de reporteros desaparecidos, perseguidos, asesinados o presionados por organizaciones poderosas, ávidas de ocultar información y mantenerla en lo más profundo de las tinieblas.
Ya sea de radio, televisión, o medios gráficos, los cronistas han sido sometidos, en varios casos, a los intereses de las corporaciones a las que pertenecen, limitando su opinión o seleccionando la información en pos de la preservación de su trabajo.
Según los manuales, el periodismo debe de ser objetivo y evitar la opinión. Desde el ego cartesiano, la humanidad ha ido forjando un fundamento para demostrar que dicha objetividad resulta casi imposible, debido a que siempre logra colarse, ya sea en el más mínimo detalle, algún halo de subjetividad a la hora de elegir el estilo de léxico utilizado, o la información a brindar. Siguiendo con la línea filosófica, podemos desechar la premisa platónica acerca de la verdad absoluta, ya que, según lo planteado anteriormente, aquel ideal sería imposible de alcanzar gracias a las «múltiples verdades existentes», es decir, pura relatividad.
La vinculación del poder con las grandes cadenas mediáticas, ha resultado un impedimento para aquellos periodistas que, de alguna manera, tratan de acercarse lo más posible a la objetividad, mientras que estos negociados o relaciones los obligan a limitar o seleccionar la
información.
El periodista Marcelo Bartolomé, entrevistado en otras ediciones, explica que la relación entre el poder y «los multimedios, hoy por hoy dominados en su mayoría por un sector claramente identificable de la política, hacen un recorte de la realidad para poder sustentar su propio discurso», y agrega: «Cuando no se tiene alternativa de escuchar algo distinto llega un punto donde la opinión pública termina incorporando ese mensaje como el válido. Respecto de la uniformidad discursiva es absolutamente connivente con los dueños de los medios».
Si bien en estos días, cualquier persona que abra un diario puede notar con facilidad si es opositor u oficialista y distinguir, según su posición política, el «país virtual» del «país real», no es extraño encontrarse con el llamado «periodismo de periodistas», ni con distintas caracterizaciones como «fulano es un zurdo» o «mengano es un facho». Bartolomé advierte que estos señalamientos «desactivan claramente la posibilidad de polémica; nada puede crecer si no hay una discusión y una confrontación de ideas, si alguien piensa distinto que yo no es mi enemigo, es un tipo que piensa distinto», repite y concluye: «Al margen de esto, los multimedios y los dueños del poder condicionan, forman esa opinión de una manera casi infranqueable».

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