La Semana Ya

El color del papel

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Los escritores lo saben bien. Lo experimentan a diario. Se denomina, en ese ámbito, como el síndrome de la hoja de papel en blanco. Sienten en la piel y en las vísceras el trauma de por dónde comenzar. Por otra parte, se ha dicho hasta el cansancio que una obra literaria o de cualquier índole no se construye desde la inspiración sino desde ¨la transpiración¨. En todo caso, el fruto de la labor tenaz y constante puede acaso lograr una obra inspirada. El oficio de escribir cuenta con la tortuosa barrera de la falsa creencia en la mágica inspiración que ha frustrado a muchos más de los que han sido reconocidos luego de una larga obra literaria. Pero lo verdaderamente cierto es que no hay relación alguna entre la hoja de papel blanca, la inspiración o la libertad de quien asume la tarea de poner en palabras una idea o un
pensamiento. Sin embargo, sobre esta idea, perfectamente conocida en los foros del ejercicio del pensamiento y la significación, es abordada, en estos días, por personas públicas cuyo ignorancia en esta cuestión, asombra y pone frente a cada ciudadano, o debería, el sujeto interrogativo, que se pregunta desde dónde, desde qué lugar del saber y el conocimiento, se sostienen afirmaciones que mezclan una hoja de papel con la peregrina noción del ejercicio individual de la libertad y la expresión de ésta.

Roberto Arlt, el brillante periodista de las ¨Aguafuertes Porteñas¨ y el formidable escritor de ¨El Juguete Rabioso¨ y ¨Los Siete Locos¨ dijo alguna vez, como consejo a los novatos en el oficio, ¨Escribe. Con tinta o con sangre. En un trozo de papel o una piedra, pues Dios y el Diablo están a tu lado, siempre, dictándote¨.

Desde que se puso a la consideración pública el tema de Papel Prensa S.A. y la sospecha de la adquisición fraudulenta del paquete accionario, un arsenal de opiniones, de lo más variadas, se volcaron a la opinión pública. La de los escuderos de los sospechados, que legítimamente defienden sus puestos de trabajo y sus opulentos ingresos. Las de quienes adhieren al partido
de gobierno y su modelo de hacer política y quienes solo quieren saber la verdad de cómo han construido la fortuna y el poder, aquellos, que cada hora, nos dictan clase de cómo vivir y que valores éticos y morales enarbolar. Ni la tergiversación ni la mendacidad son tolerables en un
sistema democrático, pero resulta comprensible, porque además lo avala la jurisprudencia, que nadie declare en contra de sí mismo. Pero cabe advertir que aquellos que así procedan pasaran de inocentes víctimas por defender sus empleos a cómplices de un delito si la justicia pudiera demostrarlo. Sustenta esta afirmación lo que dijera, en su visita a Buenos Aires en aquellos años de plomo y tortura, Oriana Fallacce, periodista italiana estrella por la cobertura de acontecimientos de envergadura internacional. ¨No podría existir Dictadura ni poder despótico alguno sin la complicidad de una prensa dócil y venal¨ Palabras que le costaron un río de tinta blasfema como despedida.

De la dirigencia política opositora, convertida, hoy, en ´clase política´, a partir de las inexplicables posturas que adopta, resulta algo menos entendible el porqué de sus declaraciones mediáticas. Reclaman hasta el cansancio consenso y que el Ejecutivo les dé más participación a ambas Cámaras legislativas, porque argumentan, no sin razón, que es allí, en el
Parlamento Nacional donde debe discutirse y promulgarse las leyes que rijan la vida pública.
Cuando el Ejecutivo contaba con mayoría sostenían que se trataba de una ´escribanía´. Pero, ahora, con una conformación más afín a sus deseos; cuando se les da la oportunidad de hacer valer la mayoría que les otorgó el electorado el 28 de junio de 2009, oponen obstáculos insustanciales. Mencionan factores de vulneración a la Constitución y a los tratados firmados

por nuestro país. Puntualmente argumentan que nuestras leyes impiden cualquier avasallamiento sobre la libertad de prensa y expresión, refrendada, haciendo hincapié, en el Tratado del Pacto de San José de Costa Rica, convalidado por Argentina. Como ya dijimos el papel por sí mismo, su fabricación, nada tiene que ver con la libertad y la expresión de ella. Sí,
quien lo posea, venda o distribuya. Por lo cual es necesario que sea el Estado, a través del Poder Legislativo, que controle y supervise el precio y la cantidad igualitaria para los cientos de medios gráficos que representan el más amplio abanico de información y opinión. Justamente quienes pueden restringir la libertad de expresión, y lo han hecho durante mucho tiempo,
escamoteando el papel , son los poseedores actuales, que sin control alguno; con un directorio mayoritario y la inoperancia de los funcionarios del Estado que deberían haber denunciado los desaguisados de la empresa, pero nada dijeron, hoy se muestran sorprendidos. El elefante se les sentó sobre sus escritorios pero no lo vieron. Qué mejor, ahora, que una comisión bicameral vea, con sus propios ojos, cuanto papel se produce; a que precio se comercializa y si se reparte equitativamente entre los que demandan la materia prima. Porqué, entonces, el abanico opositor, se niegan desde las declaraciones, descalificando el proyecto enviado por el Ejecutivo y utilizando argumentos sofistas, en vez de mostrarse entusiastas por tener en sus manos la responsabilidad de una ley complementaria y mejor. Porqué razón se apartan del núcleo central de la cuestión, la que todos los ciudadanos deberíamos querer saber, introduciendo elementos aleatorios, que poco tienen que ver con la cosa misma, preguntándose porqué ahora el Gobierno pone en el tapete este tema. Ellos mismos se responden diciendo que es la manera ´crispada´ del Ejecutivo de hacer política. Porqué no se
ponen a la altura de la responsabilidad política. Porque no la tienen. Y no tienen siquiera la inteligencia mínima. Solo apetencias de permanecer en la vida pública para continuar viviendo sin trabajar. Salvo raras y honrosas excepciones, claro, viven una existencia regalada y repleta de prerrogativas, sin las zozobras de aquellos que amanecemos cada día y nos procuramos el
sustento, en la certeza que solo nos aguardara una magra jubilación. Cuando nos abandonen las fuerzas y se diluya nuestra vida laboral ellos seguirán percibiendo sus generosas dietas.

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