Hoy, ayer y siempre

Antes de dejarme caer sobre la cómoda silla del solar del Café de los Jueves, agobiado por el calor, pude observar a Félix y Bernardo asoleándose con la placidez y la tranquilidad de quienes continúan de vacaciones. Bebían cerveza y se escondían detrás de unos pintorescos anteojos oscuros. Cómo fue todo por La Costa Azul, pregunte. ¡Mozo!, inquirió Félix, fingiendo una confusión con Freddy, tráigame otra cerveza y para mi amigo también pero con ingredientes. Bien, dije, ya tomé nota y tan rápido como me sea posible les haré llegar su pedido, excelentísimos clientes. Ah, eras vos, dijo Bernardo y agregó, creí que el personal de servicio se había tomado atribuciones inconsultas, como sentarse a nuestra mesa. Además de comprarse anteojos con una película de brea, me pueden decir qué otras boludeses adquirieron, pregunté.
Todas aquellas que compra un turista vernáculo, respondió Félix. ¡Si! Agrego Bernardo, todo lo que uno pueda enrostrarle al prójimo, para demostrar cuan prospero año se ha  tenido. De todos modos, ya que ustedes se pelean todo el año cómo es que se van juntos, inquirí. Justamente, dijo Félix, si no hubiese ido con mi dilecto amigo Bernardo lo habría extrañado, sobre todo, agregó, sus puntos de vista extravagantes y poco razonables. Así es, completó Bernardo de modo reflexivo y como quien retorna a la realidad cotidiana, uno es el contrapeso del otro: él es el genio y yo el idiota. Nos estamos entendiendo, acotó con sorna Félix; unos pocos días de vacaciones son suficientes para que un sopenco como Bernardo entre en razones. Bernardo encogió los hombros con aire resignado al tiempo que llegó Omar y dijo: No sabía que se estaba filmando una nueva saga de “Hombres de Negro”. Omar se dirigió a mí y agrego elípticamente: Estos dos, como mínimo, estuvieron en el Caribe, porque ese color a negro chamuscado no lo conseguís aquí nomás. ¡Ah! No, dijo Félix quien parecía que el tiempo de solaz esparcimiento le había caído bien, te tendrías que ver vos cuando salís del horno de la pizzería. Omar absorbió el golpe y propuso cambiar de tema. Dijo: estamos a 8 de enero. Bernardo se anticipó y replicó: falta que agregues qué rápido se va el año si ayer, apenas, brindamos por el año nuevo. Si hay algo que detesto son los lugares comunes, agregó, como aquellos que sostienen “…que todo tiempo pasado fue mejor”. No, salame, mi preocupación es por lo rápido que se va la época de  temporada alta; no tenes idea la cantidad de pizzas que vendí en estos días. Pero, por otra parte, quienes sostienen aquel aserto no siempre están inmersos en las tinieblas nostálgicas, porque cabría preguntarse que habrán pensado quienes vivieron en los años 20, La Bella Época, luego de La Gran Guerra y veinte años después sucumbían ante el estallido de La Segunda Guerra Mundial, de modo tal, estimado Bernardo, que todo es tan efímero y relativo que mejor seguir disfrutando del recuerdo de una gratas vacaciones. Me estaba divirtiendo ver a mis amigos enredarse en estériles discusiones, pero sobre todo en tenerlos como malla de contención, nuevamente. Pensé el los saltos generacionales y me pregunte cuantos años habría que calcular entre una generación y otra. Recordé, entonces, que hacía unos pocos días se habían cumplido veinticinco años de democracia y supuse que quienes hoy tienen menos de veintisiete no vivieron tan aciagos años y todo lo que pueden saber es a través de los relatos. El pensamiento me llevo más lejos todavía y pensé en The Beatles que disolvieron su grupo hace cuarenta años y me pregunté quien, hoy con menos edad que aquella, recuerda y goza del genio musical de aquellos jóvenes que fueron el gran soporte de una generación que hoy peina canas, pero que imaginaba en ese tiempo pretérito, que esa música y esos músicos, algún día serían considerados clásicos. Que veinte años nos es nada, dice el tango y es cierto en la medida que se describa y precise si del amor se trata. Pero veinte años son suficientes para apreciar la distancia generacional que nos separan.