El Café de los jueves

Puntos de vista

Año nuevo, vida nueva.
Tergiversadora frases, largamente escuchada, bastamente repetida, infinitamente desgastada. La predisposición humana, nuestra predisposición para engañarnos y simular que algo de nuestra existencia, a veces monótona, aburrida, solitaria y triste cambiará repentinamente. Sin avisarnos, sin siquiera prevenirnos, año tras año, nos impulsa a creer que aquel horizonte lejano se nos vendrá encima lleno de plenitud, esperanzador y estimulante.
Pero la solo vuelta de la hoja del almanaque no bastará para que nuestros sueños vislumbren un mañana venturoso. Si no creemos en la magia o en los milagros estamos muertos, habría dicho Albert Epstein.
¿Se trata, entonces, de creer ciegamente?
Un amigo me dijo un día: “Hay que creer en una mentira para seguir viviendo”. Excluía la verdad como opción. Me pregunté porqué. Y no encontré más respuestas que las que se le pueden atribuir a las ciencias duras. Aquellas del tipo que el orden de los valores no altera el producto. O que caeremos atraídos por la fuerza de nuestro propio peso.
La filosofía, en cambio, ha quedado fuera de nuestro meridiano. De niño se me dijo que la filosofía era la madre de la sabiduría. Tal afirmación hizo que mis ojos brillaran. Pensé, con la inocencia propia de un niño, que el hombre había reservado un lugar, un sitio, quizás inaccesible, donde resguardar el conocimiento posible que la inquietud humana se propusiese alcanzar.
¿Habría algún sendero por donde adentrarse? La tortuosidad de aquel camino qué escollos, abismos y precipicios pondría a nuestro pies. Asustaba, tanto como los voluminosos tratados; interminables libros llenos de misterio, abrumadores, extenuantes. Valía acaso tamaño esfuerzo.
¿Garantizaba la felicidad? ¿Refrendaría el deseo como el motor de la vida?
Se ha dicho que hay un tiempo para construir y otro para destruir; uno para amar y otro para odiar, una para recordar y otro para olvidar. ¿Pero como saberlo? Cuando es ese tiempo; acaso una mañana suena, en nuestra mesa de luz, el despertador que nos indique que ha comenzado “ese tiempo”.
Cuando se es joven y la sangre golpea con fuerza inaudita; cuando nuestro cerebro se llena con la potencia de los impulsos electroquímicos todo es posible. La felicidad y el amor están a la vuelta de la esquina. También el dolor, la desdicha y la desventura, pero convenientemente capitalizados, son, así mismo, la posibilidad cierta de crecimientos futuros.
¿Futuro? Maldita proyección que oscurece el perpetuo presente donde estaremos instalados hasta el fin de los tiempos.
“Caminante no hay camino; se hace camino al andar. Y al volver la vista atrás se ha de ver la senda que no se volverá a pisar”.
Una mañana reí frente al espejo. Aquel día pude ver la risa del idiota. Pero no sentí ni sorpresa ni espanto. Y estallé en carcajadas. Estaba condenado. Aún, sin poder borrar la patética expresión de mi rostro ni detener la risa dislocada, sentí honda pena por la criatura humana.
Traslade, con el artificio del mago, mi propia congoja al resto de los mortales. La hice mía. Pensé a través de un dicho campero sobre cuantos chicharrones quedarían al final de la fritada y vi solo uno: la inmolación. Pero no el atajo del suicida, ni la locura del kamikaze. No. Esa misma mañana, me arranque el corazón y lo ahogue en el lavatorio del baño. Me mantuve tranquilo y liviano. Sí, sin el corazón uno pesa menos.

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