La Semana Ya

Don Esteban Urcelay El Hombre, el Político, el Patriarca

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[EL AYER CAPILLENSE/NOMBRES Y FIGURAS QUE PERDURAN ]
Por Adalberto C. Aner
Platicábamos una tarde con él. Sobre cosas del pasado, en el que se hundían sus propias raíces. Entonces, quizás comparando el contraste de sus años y los nuestros, nos dijo:
– Yo me voy a morir y quisiera dejarles «esto».
Y refiriéndose a esa extraordinaria ánfora de recuerdos, nos señaló aquella augusta cabeza desaliñada.
Y pensando en Morley, le recordamos rápido:
– Usted no morirá. Usted no se puede morir; los hombres como usted no mueren nunca del todo.
¿Y acaso podrá morir alguna vez?
Existe una teoría ajustada a la más pura de las tradiciones humanas respecto de la ubicación de las épocas: ella consiste en impregnar los momentos de la vida de los pueblos con el prestigio personal de algunos hombres.
Los hombres, para Montesquieu, imprimen el carácter a las épocas. De ahí aquello del «Imperante Cesar» de los latinos, que tan bien utilizaron los gerundios de la lengua para dar la noción indivisible de poder y de hombre.
Cuando más avanza el hombre en prestigio, tanto más se desprende de los valores nominativos; por eso los pueblos que tienen un común denominador en el destino, no se desposeen nunca de la clásica norma: no decimos más que Alejandro cuando queremos dar idea de grandeza.
Sucede rara vez este fenómeno circunstancial: es el resultado de una sobrevivencia a la política indígena. Así, decimos Don Esteban y nos entendemos de una a otra generación de este pueblo.
No lo debilitamos con banderías: todo error es consecuencia de una acción.
El político como Don Esteban no es el genio: sí el instintivo de la política, el que la completa con sus propios rasgos, con su particular fisonomía…
Cuantos pretendan sorprender su acción, la plenitud de su acción, no necesitarán apuntar a su auge político.
Medio y propósitos se armonizaban en su gestión; obligado a la circunstancia, vio claro y tuvo fortuna: ese fue su grado de gobierno.
Él se revela sólo porque tiene todas las posibilidades para trascender. Por eso su auge político es una consecuencia de ese factor y no un pedestal para su personalidad.
Fallan los que buscan en el gobierno un prestigio para sí mismos; siempre fracasan y fuera de él son los tácitos de la vida. Y lo que es peor: mueren en la conciencia de los hombres.
Él «es» Don Esteban: todo lo demás «es» en razón suya.
Por eso empieza a flotar como esos espíritus fundamentales, como los grandes muertos de un ideario…
No todas las muertes son idénticas, a pesar de su majestad común. Esta muerte se parece al desplomarse de las encimas mayores de la selva, esas que dejan un claro que tardan años en llenar los arbustos o siquiera las malezas. Por eso es que él no puede morir del todo. Por eso, nuestra historia tendrá mucho de su tiempo.
En las primeras horas de la tarde del 30 de julio de 1956, gravemente afectada su salud, se produjo el fallecimiento de Don Esteban Domingo Urcelay.
Se escribió en esa triste circunstancia: «… la cámara mortuoria, cuajada de flores que testimoniaban el recuerdo de un pueblo agradecido, vio desfilar en forma incesante a los que fueron sus amigos, sus correligionarios, sus propios rivales en la contienda política.
Presidía el duelo la figura de otro político amigo, Don Mateo S. Casco. Su retrato, que siempre vivió en la intimidad del dormitorio de Don Esteban, veló sus restos en la ocasión».
El día del sepelio, su amigo, el ex-senador  y diputado nacional Don Néstor de la Puente, debió despedir sus restos, pero hallándose enfermo, envió el texto de su discurso, alguno de cuyos párrafos reproducimos: «Esteban Urcelay era uno de los pocos que quedaban de una generación ya desaparecida. Se va con él el último representante de ese grupo de hijos afectivos que vivieron apegados a este pueblo de la Capilla, en que nacieron…» en este pueblo de los Castro, los Sosa, Don Luis Lizarraga, Florentino Manzanares …
«Él, como aquellos, vivió en su pueblo una larga vida y el destino permitió que se cumpliera su gran anhelo: cerrar sus ojos donde los abriera por primera vez; hundirse en las tinieblas de la noche eterna, aquí, en este rincón donde las auroras luminosas acariciaron sus visiones juveniles y el sol del mediodía fortaleciera y deslumbrara su madure de hombre».

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