De principio a fin


[Por James Poul]
Cuando los años pasan, se va acumulando en las distintas vivencias, un sin número de experiencias. Nos pasa a todos. “El diablo sabe por diablo pero más sabe por viejo” dice en refrán popular. En las civilizaciones antiguas estaba el concejo de veteranos, por esa simple razón. No significa, claro, que no haya viejos tontos. Los hay y yo soy uno de ellos, probablemente. Sin embargo, los oídos me funcionan todavía y escuche las mismas cosas toda la vida. Cuando alguien argumenta, por ejemplo, que muchas personas han podido ir de vacaciones los descontentos de todo dicen: “Sobre cuarenta millones se fueron solo seis millones”. Lo dicen ahora y lo decían cuando el país tenía solo veinte millones de habitantes. Son tan inconsistentes que debería movernos a la carcajada si no fuese que se trata de nuestra patria. Se olvidan que para atender a seis millones de turistas hacen falta al menos dos millones de trabajadores para tal fin. Sin contar la gente que las transporta a eso lugares de vacaciones. Sin contar los que siguen trabajando por muchas razones entre las que están, también, los que no pueden. Cuando las calles y las rutas se hacen intransitables por la cantidad de vehículos que circulan porque nunca como hoy las clases medias acceden al automóvil cero kilómetro y los que están un peldaño más abajo al usado. También aquí hay que aclarar que otros no llegan más que a la bicicleta y al carro tirado por caballos. Solo por el hecho de pretender mostrar un país detenido ni lo que los lleva por delante los hace reflexionar. A fines del siglo diecinueve y principios del veinte Mar del Plata era el lugar de esparcimiento veraniego de las clases opulentas hasta que la mejora obrera y sus organizaciones sindicales construyeron la hotelería necesaria para que los trabajadores pudieran disfrutar del periodo de descaso pago en lugares decentes. Lo hicieron en Mar del Plata y en el resto del país. Los ricos huyeron hacía Punta del Este y más tarde a San Ignacio, Uruguay, porque no admitían tener que compartir con sus sirvientes las playas argentinas. Los que nacimos en las barriadas populosas,  la libreta del almacenero reinaba y no podíamos imaginar que alguna ves tendríamos acceso al crédito. Hoy la billetera plástica esta al alcance de todos y basta ir a un hipermercado y ver como los trabajadores menos favorecidos pueden adquirir bienes para mayor confort. Los macanudos que llegan hasta allí en sus vehículos del alta gama muestran el rictus del fastidio. Los he oído y escuchado manifestar las mismas estupideces siempre y contar sus despilfarros por Europa, cuando aquí no gastan un café. No son los trabajadores los que sacan el dinero del país y lo depositan en paraísos fiscales. A ellos habría que preguntarles porqué razón lo hacen. Argumentan que el país no da garantías, como si la crisis internacional que el año pasado afecto a casi todo el mundo les garantizara algo. Pregúntenle, de paso, que fue de quienes quedaron entrampados en la burbuja inmobiliaria norte americana. O a los parados en España que ya superan el 24 por ciento. Nuestro país esta en condiciones de vivir con lo nuestro. Tenemos la tierra más fértil, los hombres para la labor industrial más capaces. Cosa que han demostrado antes que la geopolítica destruyera nuestra industria. Tuvimos y debemos recuperar la mejor educación. Porque aquí venían a nutrirse de nuestro maestros y profesores públicos. Un patria diversa, con paisajes soñados y con gente bondadosa en cada pueblo de la Nación. Nos falta mucho, porque siempre faltara algo por mejorar. Pero lo harán los dirigentes políticos que “Lleven en sus oídos la maravillosa vos del pueblo argentino” y no lo agoreros de siempre que ven alejarse la porción para unos pocos. Son los que sostuvieron que “Achicar es Estado era agrandar la Nación”. Agrandar la Nación es distribuir sus riquezas para que la rueda gire más rápido sobre un eje ligero, aceitado y equilibrado. Y establecer un piso mínimo para los más pobres donde la vivienda, la educación, la salud, el trabajo, la jubilación estén garantizados. Los macanudos  siempre tendrán la tajada mayor pero los pobres no nos fijamos en eso. Lo que queremos es no ser más los convidados a las sobras. Si hay banquete será para todos y si hay que arremangarse todos nos arremangaremos. Cada uno en lo suyo; en lo que mejor sabe hacer. Ese día esta en el horizonte, no lo perdamos de vista.

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