La Semana Ya

Campo

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El tiempo contribuyó, como no lo había hecho el año pasado, al esplendor de la Exposición Rural celebrada el último fin de semana en el magnífico predio de El Veredón, en Capilla del Señor. Allí se dieron cita empresarios rurales, representantes de las entidades en que se nuclean, empresas vinculadas al sector (y también otras que suelen asistir a cuanta reunión multitudinaria se realiza para comercializar sus productos o servicios, aunque poco o nada tengan que ver con el campo), autoridades locales, políticos en permanente campaña y un heterogéneo público, quizás menos numeroso del que era dable esperar, quizás retraído por los diez pesos del costo de la entrada.
De la actividad productiva del campo en nuestro Partido se vio poco: apenas unos pocos animales en exposición –sin otro objetivo que mostrarlos– y nada del sector eminentemente agrícola, hoy masivamente dedicado al cultivo de soja y, en menor cuantía, de arándanos; aunque es probable que debieran sumársele las explotaciones hortícolas, aparentemente marginadas en esta oportunidad. También estuvieron ausentes los múltiples haras radicados en la zona, otra de las expresiones productivas que definen el perfil rural de Exaltación de la Cruz.
La ocasión era indudablemente apta para exhibir el verdadero potencial de nuestro campo, lo que no dudamos que sucederá en futuras ediciones de la muestra; pero esta vez no cubrió tal expectativa. Ello no es atribuible a sus organizadores, sino, muy posiblemente, a los profundos cambios que se han operado en el medio rural en esta rica región del país, que también comprende a su sociología.
Porque lo cierto es que «hombres de campo» homologables al imaginario en que se ha cimentado buena parte de nuestra cultura, van quedando pocos. Y entre sus conspicuos representantes ruralistas aún menos. Antes bien, se trata de propietarios que por lo común ni viven en el campo ni lo trabajan directamente, sino que con harta frecuencia lo alquilan a terceros – pools habitualmente – , quienes en general, con el uso de sofisticados medios tecnológicos y una conveniente economía de escala, obtienen de la tierra arrendada rendimientos muy superiores a los que tradicionalmente consiguieron sus dueños.
Por otra parte las chacras, como las concebíamos, están en vías de extinción, precedidas por los tambos familiares, ya casi inexistentes en este segmento de la otrora rica cuenca lechera bonaerense. El campo exaltacrucense es otro. Sólo sobrevive una cierta apariencia externa y la práctica de algunas costumbres más o menos folklóricas, en ocasiones para el disfrute de turistas poco informados en la búsqueda tardía de gauchos auténticos.
Pero sigue habiendo, bien que en menor número, otro actor en la realidad que describimos: el peón de campo. Ya no es aquel nómade que junto a su familia llegaba para levantar la cosecha, ni aquel otro más estable, especialista en mil oficios y aspirante a convertirse en encargado. Hoy vive como encargado aunque cobre como peón, ocupado y ocupando a su mujer e hijos en cuidar a los pocos animales, cortando el pasto, podando, atendiendo los frutales, haciendo que luzca impecable la propiedad –especialmente la vivienda de los «patrones»– y sin un futuro claro. Con magro salario, muchas veces en negro, y olvidado por casi todos, incluido su sindicato, tan lejano, tan burocratizado, tan poco reivindicativo.
Sus hijos hoy tienen la posibilidad de cursar sus estudios secundarios con especialización agraria en el nuevo CEPT de Diego Gaynor. Algo es algo. ¿Pero cuál es el futuro para ellos? Tal como se ven las cosas en nuestro campo, tal como las hemos visto en la Exposición Rural, resulta difícil imaginarlo. Esa incógnita exige un debate que hasta hoy no se ha producido. Será porque estamos demasiado ocupados del presente y escasamente del mañana. El campo y su gente merecen una mirada con mayor proyección que les proporcione lo que hoy no tienen: certezas.

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