Café, solo, por favor

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Enero arrancó de feriado. El 1º pasó el Dakar convocando a una multitud en las adyacencias de la Ruta 8. El domingo por la noche y la madrugada del lunes, se desató un chubasco no tan contundente como los últimos, pero suficientemente eficaz como para anegar casi todo. Pero en el ocaso de lunes la dolorosa noticia de la muerte de Sandro completó un inicio de año distinto. La costa se llenó de turistas como no lo hacía en los últimos años y aunque el calor no agobia como en otros veranos el clima vacacional se percibe. Sin embargo, la política no parece haberse tomado vacaciones. Todo este barullo entre una decisión del Ejecutivo y la tozudez de un funcionario dieron pie para que la tenaz oposición patee el tablero nuevamente. El “gataflorismo” mantendrá la vigencia de su histeriqueo y habrá que acostumbrarse durante dos años más hasta que sea gobierno y luego salga huyendo en algún barrilete cósmico, si es que deja algo en pie. Se me ocurre pensar qué pasaría en un equipo deportivo donde los que están en el banco de suplentes comenzasen a criticar a sus compañeros. “¡A quien le pasaste la pelota, tronco!” “¡Pero como te erraste ese gol, pata dura!” “¡Profesor, saque a ese mamarracho y póngame a mí, que ganamos el partido!” Algunos políticos argentinos parecen jugar para otro país: rechiflan todo, pero cuando ellos tuvieron el “foobal” lo patearon a la tribuna.

De todos modos nosotros, aquí en la redacción, no teníamos vacaciones, salvo, claro, Gregorio Galli, que pasea su humanidad por la América Latina, a “gamba” como buen joven deportista, capaz de cualquier sacrificio, pero lejos. Gustavo le cargó la mochila con un yerro informativo “grosero”, como confundir el Palmar de Colón de Entre Ríos con la ciudad de Colón al noroeste de la provincia de Buenos Aires. No era cuestión que partiera de vacaciones feliz y contento. No. A maldecir mirando las ruinas Mayas. Que nosotros tenemos que ajustar nuestras “faltriqueras” por los aumentos impositivos provinciales que hacen su gloriosa aparición en enero, y a la espera de las tasas locales que florecerán en febrero. En fin, “Sólo se trata de vivir”, como la canción de Lito Nebbia.

Llegue al Café de los Jueves cabizbajo. Me pesaba cierta soledad y extrañaba a mis amigos que estarían revolcándose en la arena de alguna playa. Estuve tentado de llamar por teléfono, pero habíamos hecho un pacto: no joder al prójimo. Freddy llegó con mi cortado liviano, luego del saludo de rigor y más tarde la soledad manifiesta. Había algo que me estaba haciendo ruido y no quería escucharlo. De modo tal, que encontrándome solo podía permitírmelo: no habría testigos. Sentía una profunda congoja por la muerte de Sandro y no sabía bien porqué. Sandro ya era ídolo cuando apenas tenía dieciocho años y mi inclinación musical pasaba por calles diferentes. Recordé las trenzadas con un viejo amigo que ponía en su automóvil los magazines con las canciones de Roberto Sánchez y yo le decía: ¡Sacá esa porquería y poné a Tom Jones o a Sinatra! Pero en estos días de su postración y su muerte, recordaba la letra de sus canciones perfectamente. ¿Pero cómo? Si no me lo bancaba. Julio, otro amigo, que tampoco lo consideraba entre sus preferencias, me dijo un día: “Algunas cosas las ha hecho bien” y para Julio “bien” significaba mucho más que un elogio. Tomaba mi café y tarareé por lo bajo alguna de las letras de sus canciones. Le fui sumando la preservación de su privacidad, no ser partícipe de escándalos promocionales y cierta austeridad, apartado de ostentaciones. Su devoción por sus “nenas”, a quienes enamoró desde muy joven y lo siguieron incondicionalmente. Engrosé la lista con su consolidada costumbre de no hablar mal de nadie. De tener humor a flor de piel. Incorporé a todo ello la madurez, tal vez producto de su enfermedad, que quizás lo tornó más humano y menos espectacular. De haber ido abandonando su muñeco Sandro para dejarse ganar por Roberto Sánchez. Un tipo nacido en el suburbio. De una familia laboriosa.

En el transcurso de ese repaso comprendí muy bien mí error juvenil. El tipo acuñó valores, hoy lamentablemente en baja cotización. Se ganó la vida con el sudor de su frente y se mantuvo así, agradecido hasta su muerte. ¿A qué otra cosa puede aspirar un hombre bueno? Recordé, entonces, que en su madurez profesional había grabado una versión, por demás digna, de una canción que Sinatra convirtió en icono de su cancionero: “Extraños en la Noche”. Bebí el último sorbo de café y dije para mí mismo: “En tu memoria, querido Sandro”.

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