La Semana Ya

Bengalas de otoño y siempre

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Freddy llegó con su bandeja, nuestro pedido y la amabilidad y solicitud de siempre. A medida que se acortaban los días nuestros encuentros se hacían más temprano. “Contrariamente a Drácula, nosotros disparamos con las primeras sombras”, dijo José, luego de mirar el reloj del Café de los Jueves y comprobar con sorpresa lo temprano de la tarde. “Por este camino, para el 20 de junio nos vamos a encontrar de mañana”, dijo Daniel con expresión exagerada. “Para esa fecha me lo imagino a José y varios más con calzoncillos largos y la bolsa de agua caliente en las ´patas´”, apuntó Bernardo en tono burlón para dar pie a reacciones varias. “Hay que pasar el invierno”, rememoró Félix con un dejo de resignación, mientras sorbía de su copa de coñac, aquella añeja expresión de un ministro de economía a principios de la década del sesenta. Omar regresó al presente con el tema de las bengalas y las tragedias producidas por estas solo para volver al pasado. Argumentó: “Yo odio la pirotecnia y no comprendo muy bien por qué razón cada Navidad y cada Fin de Año se la sigue utilizando. Son cien veces más poderosas que hace cincuenta años y me asombra que para esas fechas no haya más atendidos en los hospitales o en el Instituto del Quemado. Claro que cuando era pibe me gustaba, pero a esa edad no se es demasiado consiente de nada. En la barra de la esquina, por aquellos años, no teníamos más de trece o catorce, habíamos agarrado la costumbre de meter furibundos petardos dentro de botellas de vidrio y una vez encendidos nos zambullíamos detrás de algún árbol o algún tapial. Los pedazos de vidrio salían disparados y golpeaban en los ventanales de los vecinos que brindaban. No imaginábamos siquiera el riesgo que corríamos ante la metralla de vidrios. Sin embargo, lo recuerdo bien, una navidad, luego de la ‘gracia’ emergí de detrás del tapial de la escuela del barrio justo cuando una enfurecida familia salía de su casa, luego de sentir cómo estallaban en su ventanal el impacto de los vidrios. No me salvó ni mi mejor cara de boludo y el tipo que me encaró me dio una de las mejores lecciones de mi vida: un voleo en el culo que me curó para siempre de la ‘pirotecnitis’ aguda que padecía. Mágicamente comprendí que no valían la pena ese festejo y los riesgos que se corrían y me pregunté a cambio de qué. Pero aún antes de eso, una tarde mi viejo me llevó a la cancha de Banfield a ver al local con mi querido Boca. Yo tenía diez años y la figura de los Xeneises, por aquel entonces y entre otras, era Paulo Valentím, un centro forward brasileño que el hincha adoraba. Desde la tribuna local arrojaron una bomba de estruendo que le pasó a centímetros de su anatomía y dejo un círculo negro en el área donde elongaba el ‘moreno’”. Omar hizo una pausa como buscando en los recodos de la memoria o como quien sale del túnel del tiempo, y continuó: “La otra noche escuchaba a un periodista atribuir esta modalidad del uso de la pirotecnia a la década del noventa cuando, según él, se habían perdido ciertos valores éticos y morales y producido una degradación de las costumbres. Claro que el periodista era joven y poco propenso a investigar la historia de las masas, porque estas cosas ocurren desde hace muchos años y no son atribuibles a una sola causa. Confluyen distintos motivos. Mi padre me dijo una tarde, camino a casa, en la que me había llevado a ver a Banfield con Huracán (vivíamos a menos de diez cuadras de esa cancha), ‘Hoy sos muy chico para venir solo, tendrás que esperar un tiempo más, pero yo no quiero venir más y ver cómo se comportan algunas personas que pierden el control de una manera incomprensible’. Un rato antes, en la tribuna visitante un hombre que estaba con su mujer y su pequeño hijo insultaba al juez de línea por un offside mal cobrado, según su antojadiza visión. ‘Sorete vestido de negro’, le gritaba enardecido, mientras su mujer trataba de calmarlo. Pero el tipo continuaba descargando su irracional ira. Fue suficiente para mi padre y no volvió nunca más a pisar un estadio”. Omar concluyó su relato con una expresión de conmovida angustia surgida del recuerdo de su padre. Pensé, de regreso a casa, que nada ha cambiado en cincuenta años y que la inteligencia es limitada, pero la estupidez no.

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