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Anarquía

Escrito por La Semana Ya on Feb 6th, 2010 archivado en Cajón de Sastre. Podes seguir esta noticia por RSS 2.0. .

Por Crates
Los anarquistas o libertarios son dignos de la mayor simpatía y respeto. Son gentes de profundas convicciones, que comúnmente viven en absoluta consonancia con sus ideas. Su coherencia suele ser envidiable, sobre todo en estos tiempos en que algunos «progresistas» de presunta izquierda se compran un par de millones de dólares con fines claramente especulativos gracias a la información privilegiada de que disponen y lo hacen sin rubor alguno. De esas contradicciones se podrían contabilizar centenares, tanto de los personajes públicos como en cada uno de nuestros ámbitos particulares. Es moneda corriente que despotriquemos contra las coimas, pero que no tengamos empacho en «coimear» a algún avispado empleado público para que nos acelere un trámite. Nos repugna que nuestro vecindario esté mugriento, lo que no obsta para que tiremos la basura en cualquier parte y a cualquier hora. Merece nuestra condena el «vivo» que se adelanta en la cola, pero si nadie se da cuenta nos complacemos en ponernos primeros en la fila del Banco. «Los argentinos somos así», diría alguno de los contertulios de mi compañero Horacio Lacabanne en su café de los jueves. Pero los anarquistas no.
Pero pese a sus singulares virtudes, afortunadamente los seguidores de Proudhon nunca llegaron a establecer una «sociedad anarquista o ácrata», que esencialmente estaría caracterizada por la ausencia del poder público. Tuvieron sí la oportunidad de ocupar unos cuantos municipios durante la Guerra Civil española (1936-1939), ya que formaban parte del Frente Popular que sostenía al gobierno constitucional de la República, contra el que se alzó en armas el después «Generalísimo» Franco y sus muchachos. Y la verdad es que la experiencia resultó un desastre. Reemplazaron la moneda circulante –entonces la peseta– por una suerte de vales emitidos discrecionalmente en cada ciudad, que se distribuían equitativamente entre todos los ciudadanos, pero que no servían para nada; repartieron los bienes de los ricos entre los que no tenían nada, pero acabaron con toda actividad productiva de cierta escala; proclamaron el amor libre, liquidaron toda autoridad, clausuraron las iglesias e hicieron desaparecer a balazos a los «reaccionarios» que no comulgaban con sus propuestas. Pero eso sí, consagrando el individualismo a ultranza, aunque de sólido fundamento ético, el de su propia doctrina, cuya raíz etimológica proviene del griego (an, que significa no o sin, y arkhé: origen, principio, poder o mandato).
Quede dicho entonces que no somos anarquistas ni queremos serlo, aunque por aquí en Los Cardales hay unos cuantos, a juzgar por sus conductas. A un par de ellos, por ejemplo, se les dio por pintar de amarillo el cordón de sus veredas, consiguiendo que no estacione nadie -como lo determina el Código de Tránsito- en el lugar que han elegido para su propio uso exclusivo. A otro, que acaba de inaugurar su local comercial en pleno centro, se le ocurrió que un par de grandes plantas que ornaban la vereda obstruían la visibilidad de sus potenciales clientes y las erradicó sin más trámite, pese a ser de propiedad pública.
Es cierto que si estos «neoácratas» actúan según su antojo, es porque el «poder público» que ellos desconocen en los hechos no está presente, no actúa en defensa de los intereses colectivos, tal como es indispensable en cualquier sociedad organizada. Esa sociedad en la que queremos seguir viviendo en paz, sin que individualismos exacerbados, por más que se pretendan justificar en principios políticos y/o éticos,  ignoren toda normativa que regule la convivencia.

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