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¿Ganar un premio de lotería garantiza la felicidad?

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Muchos han etiquetado la frase “el dinero no da la felicidad” como el consuelo de los tontos, y es que ¿quién no desea ganar la lotería y volverse rico al instante? Se encuentra en el Top 10 de los sueños de toda persona. Sin embargo, tal vez habría mucho que matizar al respecto, pues haciendo seguimiento de casos concretos o sencillamente acogiéndonos a los resultados de algunas encuestas, no todo son alegrías pasada la euforia inicial de comprobar un boleto premiado.

Por lo pronto, reclamar el premio puede resultar muy tedioso: hay una larga lista de documentación que presentar y de trámites a gestionar, aunque lo primero de todo es tener la certeza de no haber perdido el boleto (algo que no es tan poco común como pudiésemos pensar). Aparte de los trámites para poder cobrarlo, luego deberemos tomar decisiones que merece la pena sopesar con tranquilidad: ¿cobrar todo el monto de una vez y perder un elevado porcentaje en impuestos, o bien elegir la opción de cobrar un tanto cada año por más de dos décadas? Tengamos en cuenta que en este caso, nadie garantiza que estemos vivos al final del proceso, pero cobraremos una cantidad superior y será más sencillo administrarse el dinero.

Sea de una o de otra manera, lo cierto es que siempre un porcentaje del total del premio será descontado en concepto de retenciones, y en función del país de que proceda la lotería ese porcentaje será mayor o menor. Muchas personas, pues, esperan con angustia el momento en que en su declaración de rentas les soliciten una cantidad astronómica a propósito del premio cobrado hace unos meses. Se trata de una situación tan estresante como la que mencionábamos de tramitar la recepción del premio o decidir la modalidad de cobro del mismo.

Además, aunque cuando soñamos con ganar la lotería siempre hablamos de que compartiremos el premio con nuestros seres queridos y asociaciones benéficas a través de obras de caridad, en el momento crucial una de las cosas que más ansiedad suelen generar es precisamente elegir cuánto y a quién regalaremos el dinero. En países en los que está prohibido el anonimato del ganador, la cuestión se complica, pues habrá muchos conocidos interesados que se acerquen con la esperanza de que nos sintamos solidarios, y también desconocidos cercanos dispuestos a robar nuestros nuevos bienes. Algunas personas se sienten verdaderamente presionadas al no poder ocultar su identidad y empiezan a dudar de si las personas de su entorno les quieren sinceramente o sólo buscan aprovecharse.

En realidad, la manera en que gestionemos (emocional y literalmente) haber ganado un premio de lotería será lo que marque la diferencia, porque dos personas pueden tener reacciones muy dispares al respecto: ganar puede hacernos felices sin más, o lograr que nuestros pensamientos y temores se disparen, pasando a ser el dinero lo secundario en toda la situación. Existen estudios que indican que el índice de felicidad ante un premio de lotería varía en función del monto percibido: cuando los premios son muy elevados, la felicidad vendrá rodada porque a pesar de impuestos y demás cuestiones que rodean a su recepción, quedará dinero suficiente como para distribuirse el resto de la vida e invertir en negocios que puedan mantener nuestra fortuna o incluso multiplicarla exponencialmente. Robert Pagliarini, columnista de Forbes, pone el baremo en 30 millones de dólares.

Sin embargo, supuestamente si el premio es de la mitad o menos (alrededor de 10 o 15 millones de dólares), es posible que no sepamos gestionar el dinero y terminemos por derrocharlo, hasta el punto, en algunos casos, de incluso generar deudas. Las expectativas puestas en una vida tras un premio multimillonario pasan por no tener que volver a trabajar jamás y poder comprar todo lo que se nos antoje, pero este es un gran error, ya que los premios, a menos que sean excepcionalmente elevados, no serán suficientes para nuestro retiro profesional, y si nos acostumbramos a gastar sin control y aumentamos nuestro nivel de vida de manera exagerada, puede que cuando agotemos el premio no sepamos volver a vivir con unos ingresos más humildes, lo que ha llevado a algunos ganadores que se arruinaron casi al punto del suicidio.

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