
El sol brilló todo el día y la tibieza del clima fue como un adelanto de la primavera próxima. En el Café de los Jueves todos mis amigos estaban en la terraza del bar con expresión veraniega. Yo aún tenía mi campera puesta y Bernardo no dejó pasar por alto el asunto. «Acá llega el que te escupe el asado». Y agregó a voz en cuello cuando me ubiqué en mi silla: «¡No arruines la tarde ni el clima vestido como si vinieras del polo norte!». «Cuando salgo a mis ocupaciones –dije con sarcasmo– usted, querido amigo, aún se halla envuelto en las cobijas, pero a las siete de la mañana hacía nueve grados». Bernardo contraatacó: «Me he levantado algo más tarde que de costumbre porque me quedé viendo por televisión, hasta más allá de las tres de la madrugada, cómo la Cámara de Diputados daba media sanción al aumento a los jubilados, que este gobierno tendrá que pagar como corresponde». Freddy llegó con nuestro pedido y mientras nos atendía Félix se afilaba las uñas. Dijo: «En primer lugar tendrá que aprobarse en el Senado y no va a ser nada fácil. Pero más allá de acordar que nuestros viejos cobran muy poco, hay que establecer cuál será la fuente de financiación para que detrás de una alegría luego no lleguen las lágrimas de no poder cumplir con lo prometido». Intervino Daniel: «Yo también estuve al tanto del debate y acuerdo con el diputado Macaluse que habrá que dejar sin efecto la reducción del aporte patronal con que los benefició Cavallo y buscar otras fuentes de ingresos al erario público, como impuestos a la minería, a la renta financiera y al ‘escolazo’, sin hablar de aumentar los derechos de exportación o salir a cazar evasores». Omar pegó un salto como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Preguntó con fastidio: «¿Más guita de impuestos nos van a sacar? Tengo dos empleados en regla y me cuestan un huevo de doble galladura cada uno.» Félix arremetió: «Siempre hay que ir por los que generan mayores ganancias. Los sectores industriales que están muy favorecidos por el crecimiento del mercado interno tienen que hacer un aporte mayor. Y las PYMEs regularizar los trabajadores, formalizarlos, hasta que haya al menos tres activos por cada pasivo». José, que vivía en estos días la gloria tanguera del Campeonato Mundial que se realizaba en Buenos Aires, hizo su aporte: «No se arruinen el ‘marote’ porque el sistema jubilatorio está en vías de extinción». Luego de una pausa argumentó: «Según lo que yo escuché de boca de los que ‘saben’ hay seis millones de jubilados y ocho millones y medio de trabajadores registrados. Apenas uno y chirolas para pagar a un pasivo; por ello el Estado pone más del cuarenta por ciento del Tesoro nacional o de las propias reservas del ANSES. La vida se ha prolongado más de diez años y salvo que los opositores aprueben una ley que nos obligue a morirnos a los setenta años, no habrá manera de juntar la moneda para pagar. O se prorroga la edad jubilatoria, o se va con mayor fuerza por los aportes y el trabajo en ‘blanco’, o se recurre a un nuevo sistema impositivo, porque si hoy que estamos en el cuerno de la abundancia tenemos dificultades, ¿qué pasará cuando las vacas se nos pongan flacas?». La segunda vuelta nos distendió y Bernardo dejó escapar un pensamiento cargado de suspicacia: «No está nada mal eso de morirse por ley. Nos pondríamos a la vanguardia de los países que resuelven sus problemas mediante la mayor virtud del sistema democrático. Eso sí, si me das a elegir prefiero seguir ‘laburando’ hasta los setenta y cinco». A Daniel se le iluminó la mirada y dijo con expresión resignada: «Total, para terminar dándole de comer a las palomas sentados en el banco de una plaza».